Una mañana, el tipo abre los ojos, salta de la cama y descubre que ha perdido el empleo a manos de un fondo de inversión que ha convertido su empresa en pulpa financiera, o que sus ahorros han desaparecido por la triquiñuelas de un comercial de preferentes de la caja de ahorros de la que ha sido cliente toda su vida, o que llama a la puerta de su casa la brigadilla del desahucio por una deuda bancaria que no puede pagar por alguna de las causas anteriores, o encuentra en su móvil la enésima negativa a una  beca solicitada después de una brillante carrera universitaria, u oye el lamento del familiar impedido al que le han privado de asistencia domiciliaria por el recorte del gasto público. Esa mañana, el tipo abre los ojos, sale a la calle y se encuentra en medio del vacío. En el café, en el metro, en la cola del paro, empieza a reconocer a otros zombis como él que terminan encontrándose en una indignación compartida. Resultan ser miles, cientos de miles, millones. En la tele, una interminable procesión de prebostes, que fueron elegidos para el cargo por los zombis, desfilan ante el juez mientras maquinan cómo conservar sus fortunas a buen recaudo en alguna isla de piratas. Las instituciones del país se han convertido en una oscura nube de langostas. En este vacío brotó podemos y sus innumerables confluencias, y, más tarde, fue elegido el otro día Sánchez en el pesoe. La indignación no tiene todavía voz política, y desafinará sin duda en los próximos días, pero el vacío sigue creciendo. Un par de datos, que parecen anecdóticos, abonan esta hipótesis. Ni Rajoy ni Díaz quieren reconocer la victoria de Sánchez, del mismo modo que han venido ignorando los demás datos de la realidad. El primero,  muy en su desdeñoso estilo, se niega a llamar por teléfono al nuevo líder socialista y aspira a parapetarse tras una pantalla de plasma cuando el juez le obligue a mirar de frente la corrupción de su partido que, por extensión, es la de todo el país; la segunda, ruda y resolutiva, se ha apresurado a refugiarse en su feudo andaluz, donde reina un sesenta por ciento de paro juvenil y se gastaron en farlopa las ayudas europeas a la formación profesional. Es el de ambos un gesto compartido de quien abandona el campo e intenta eludir las reglas de compromiso en la confrontación política, un gesto que ensancha las dimensiones del vacío. La paradoja reside en que en la medida que el vacío se hace más vasto, más difícil parece su articulación. Por ahora lo único que se advierte en su interior es una cacofonía de intereses, iniciativas y opiniones en estado embrionario, y la moción de censura de Iglesias al gobierno va a ser la primera víctima de este caos primigenio. Las víctimas del desempleo, del desahucio, de los recortes y demás plagas de este tiempo tendrán que esperar.