La señora May es antipática y no cae bien a casi nadie pero va a ganar las elecciones del Reino Unido. Su oponente izquierdista, el señor Corbyn, resulta simpático y atractivo y en debates y encuentros con los votantes empieza a superar el cerco de la caricatura a la que le había sometido la prensa conservadora (perdón por el pleonasmo), pero va a perder las elecciones. Si algún signo inequívoco nos manda este tiempo es que no hay un camino a la izquierda. El ejemplo portugués es la excepción que confirma la regla, y lo es por su excentricidad. Nadie va a emigrar a Portugal atraído por la benéfica rareza de su gobierno, que recuerda a esas remotas tribus perdidas en la jungla en las que los etnógrafos roussonianos creían ver el buen funcionamiento del comunismo original de la especie humana. Pero, vamos, donde hay civilización, es decir, hipotecas, deudas, empleos precarios, salarios de miseria, ricachos enfebrecidos, gobernantes que operan en paraísos fiscales, servicios públicos en ruinas, y el proceso en esa dirección está lo bastante avanzado, la gente es de derechas. Si las cosas les van bien, porque quieren que vayan mejor, y si van mal, porque tienen pavor a que vayan peor. Como dice el tópico, la derecha gestiona mejor la economía, y si no lo creen, pregúntenselo al señor Rato. El ciudadano que ha conseguido un hueco en el sistema, aunque sea en el estribo del vagón de cola –las famosas clases medias, tan jaleadas y aduladas en estos tiempos de zozobra- no quiere ni oír hablar de que el tren se detenga o cambie de rumbo. Si alguien lo propone, la clase media, a la que el billete del viaje le ha costado un riñón, responde: por mí no lo haga, yo voy bien aquí, en el estribo, a la fresca. La derecha está tan sobrada que incluso ha renunciado a su natural vocación expansiva y ha optado por regresar a la caverna de donde procede: el nacionalismo. Es un viaje imaginario, pero qué se puede esperar cuando la realidad se ha convertido en un parque temático. Trump se ve a sí mismo como un conquistador del far west que puede matar indios y esclavizar negros con la vieja y buena impunidad de toda la vida, y May se mira en el espejo y ve en el cardado sobre su cabeza el blanco casco colonial de los fusileros de la reina que repelieron el ataque de miles de zulúes en la desigual y heroica batalla de Rorke’s Drift. El nacionalismo, tan excitante, es la kryptonita de la izquierda: un terreno de juego donde tiene la partida perdida de antemano. Ha bastado que los soberanistas catalanes mantuvieran su apuesta para que el superizquierdista Sánchez se apresurara al establecer el primer contacto con Rajoy para darle su apoyo. Los famosos eslóganes de nación de naciones y de nación cultural, que nunca significaron nada excepto como cascabeleo para hacerse con el voto de los socialistas catalanes en la batalla doméstica del partido, han ido a la papelera en un suspiro. El nacionalismo acojona porque divide al personal en patriotas y antipatriotas, y en esta acera hace mucho frío. Este fin de semana hemos tenido un ejemplo en la remota provincia desde la que escribo. Miles de manifestantes (no hace falta creer la exageración de los titulares) se han echado a la calle en defensa de la bandera provincial que nadie ataca y que está en todos los balcones. La espoleta de la manifestación ha sido un arbitrario cambio en la ley provincial de símbolos que permite a los ayuntamientos que ondee la ikurriña junto a las otras banderas oficiales, entre las que ocupa un lugar central la de la provincia. He aquí un experimento de laboratorio de cómo la iniciativa de un nacionalismo políticamente débil actúa como vacuna para sobreestimular la reacción de otro nacionalismo fuerte. Por supuesto, la izquierda local tiene el corazón partío. Los socialistas estaban en la manifestación con los patriotas de la bandera provincial mientras los podemitas apoyan al gobierno felón. No hay camino a la izquierda y, ante esta evidencia, los feligreses tienen dos opciones: pasarse a la derecha eligiendo una bandera solvente como quien elige un fondo de pensiones que le ofrece el banco o apretar los dientes y esperar… el fin de los tiempos, como dice el amigo Quirón.