Nada hay más estúpido y potencialmente tanatógeno que una bandera y las emociones que suscita. La cuestión se resume así con una pregunta. ¿para qué blandir una bandera si no puedes atizarle a alguien con el asta? Las que cuelgan en las fachadas de las sedes del gobierno y de los edificios administrativos debieran ser sustituidas por señales indicativas de los servicios que se prestan en el interior, al modo de esas viñetas gráficas de reciente implantación en las mismas fachadas para orientar a las personas aquejadas de autismo. Un cartel indicador o un ideograma son más tranquilizadores que una bandera, pues esta no puede sacudirse de su connotación bélica de pica en flandes. En la remota provincia donde paso mis días, las banderas y las guerras consiguientes son una tradición histórica muy arraigada y tienen su origen en la resistencia al paso del tiempo. Empezaron cuando el país pasó del feudalismo medieval al estado moderno de los reyes católicos y han seguido hasta hoy mismo. El tiempo, desde luego, no ha dejado de discurrir pero tampoco el flamear de banderas. Aquí siempre hay alguien con una bandera alternativa, ya sea bajo la monarquía absoluta, la dictadura militar, la república de los trabajadores, o un régimen democrático constitucional. Ya lo cantó el poeta Manuel Machado en ocasión famosa, cuando las gentes de esta tierra heroica se levantaron jubilosamente contra la república: latigazos de banderas / desplegadas al viento, / destellos de bayonetas. Luego, como ocurre con todos los objetos de la memoria, no se acuerdan de qué significaba aquel trapo aunque aún sientan la emoción de sus colores. Estos días han ocurrido por aquí dos hechos significativos y de alguna manera relacionados: uno, una polémica en la prensa sobre lo que fue y significó el carlismo durante la guerra civil y dos, la derogación de la ley regional de símbolos oficiales que permitirá que la ikurriña ondee en los ayuntamientos que así lo decidan, en una suerte de simbolismo oficial a la carta. Lo que relaciona estos dos acontecimientos es un hecho generacional: los hijos y nietos de los carlistas cuyo papel histórico se revisa ahora son los que forman el grueso sociológico que impulsa a la nueva bandera oficial, sobre todo en poblaciones pequeñas, que es donde probablemente se hará efectiva la oficialidad del nuevo símbolo (extraoficialmente lo ha estado siempre) en los balcones de los consistorios y que operará como una señal para el viajero de que ha entrado en territorio comanche, o carlista, o abertzale, o como se llame en ese momento. Nada que vaya a perturbar la paz social pues estas guerras banderizas están jalonadas de treguas, pactos y abrazos de vergara, que no menguan el gusto por las banderas y su potencial peligrosidad pero con las que ya nos hemos acostumbrado a vivir como los habitantes de un pantanal se acostumbran a la malaria.