La justicia es igual para todos, ¿sí o no, usted que cree? La pregunta serpentea afanosamente por tertulias, cenáculos, barras de bar y dondequiera que se reúnan un par de españolitos que no tengan que hablar de fútbol o del precio de las verduras, sumiendo a la ciudadanía en un sordo cabreo de impotencia ante la imposibilidad de encontrar una respuesta satisfactoria. La cuestión Urdangarín es al derecho y a la política lo que el teorema de Fermat a las matemáticas o el gato de Schrödinger a la física cuántica. Un problema irresoluble. Intentemos explicarlo como hacen los físicos y los matemáticos, con una fábula. Supongamos un templo católico al que entra un sujeto cualquiera. Este puede encontrar en el recinto diversas funcionalidades que no pertenecen a la naturaleza del edificio. Puede tumbarse en un banco y echar una siesta, introducirse en un confesionario para beberse una lata de cerveza, refrescarse la cara en la pila de agua bendita, teclear en el órgano una melodía profana e, incluso, puede robar el cepillo. Todas estas acciones son irregulares y probablemente le serán impedidas por el sacristán o el párroco, sin más consecuencias. Pero hay una sola acción que ataca directamente a la naturaleza del recinto: el tipo sube al presbiterio, abre el sagrario sobre el altar, se zampa un puñado de hostias consagradas y esparce las demás por el entarimado. El comportamiento del tipo ha pasado del gamberrismo al sacrilegio. Ante un acto así, los curas al cargo están obligados a llevar a cabo una reparación litúrgica que restaure el carácter sagrado del lugar: oraciones, incienso y todo eso, no importa la sanción penal que le corresponda al sacrílego, y mejor si esta parte del procedimiento se lleva con la máxima discreción porque lo que cuenta no es la punibilidad del acto material cometido, y menos aún la publicidad consiguiente, sino la afrenta moral y simbólica (política, en el caso que comentamos) a lo que es centro de la fe católica (de la fe monárquica en este caso, vale decir, de la fe en el sistema constitucional vigente). Urdangarín es a la vez una hostia consagrada y un beodo delirante de la monarquía española. Los delitos cometidos por él no lo han sido en función de su cargo, pues no tenía ningún presupuesto público del que fuera responsable y sobre el que pudiera prevaricar y defraudar, sino por su pertenencia a la familia que habita en el sagrario. Este hecho genealógico –de sangre, se decía antes-, del que no hay ley que pueda apartarle, constituye una poderosa razón que condiciona la acción de los jueces. Cristina de Borbón sabe lo que hace cuando se niega a renunciar a su derecho a la sucesión a la corona; su abuelo don Juan solo renunció a este derecho con la boca pequeña cuando ya estaba con un pie en la tumba, y eso que el ocupante del trono era su hijo, lo que significa que, según la lógica familiar, don Juan Carlos fue rey ilegítimo durante un buen montón de años. Las corruptelas de Blesa, Rato, Bárcenas et alii son contingentes; las de Urdangarín son necesarias, para decirlo en jerga sartreana.  Los delitos de los primeros son de oportunidad y empiezan y terminan en ellos mismos; los de Urgandarín son ontológicos e impregnan la sacralidad del sistema político porque no se puede establecer el cortafuegos de la destitución o de la dimisión. ¿De qué va a dimitir Urdangarín?, ¿de ser cuñado del rey?, ¿alguien se imagina a este visitando al marido de su hermana en el penal de Soto del Real, como sería propio de quien tiene arraigo familiar y un hermano afectuoso y responsable? Así que la pregunta sobre si la justicia es o no igual para todos está formulada desde una ensoñación republicana sobre una realidad abruptamente monárquica. Y ahora, dejémonos deslizar a un cuentecillo de anticipación. Imaginemos que las ventajas ofrecidas por los jueces a Urdangarín para pasar el trance derivan en que este decide exiliarse con su familia en Suiza o en cualquier otro país fuera del alcance de la justicia española. Imaginemos que la situación política se complica y el actual rey entra en dificultades para mantenerse en el cargo, ¿No sería posible que doña Cristina formara una facción monárquica desde su exilio y se postulara para el trono? No es una fantasía, es una relectura de lo ocurrido en este país desde el siglo XIX. El teorema de Urdangarín se explica por una constante matemática de nuestra historia moderna que se formula así: antes corruptos que republicanos.