Quirón se encocora cuando en la conversación se mencionan las penurias de los jóvenes. También nosotros lo pasamos mal, resume, y no le falta razón. La generación más preparada de la historia, como se llaman a sí mismos, cargada de títulos universitarios de postgrado, viajes y experiencias académicas,  tiene que elegir entre el subempleo o la emigración. Este es uno de los nervios de podemos y el humus de su grupo dirigente. Listos, guapos y cabreados, y, para decirlo todo, desesperadamente cándidos y narcisistas. Lo que no se cuenta de esta generación es que no conoce la calle, donde se bregaron sus padres y abuelos, porque han atravesado la infancia y la adolescencia en el nido familiar, con calefacción y un plato caliente en la mesa, con la imaginación nutrida de juegos de rol y teleseries en la compañía de amiguetes y colegas bien municionados de plays, ipads, plasmas y otros artilugios luminiscentes  de los que quien esto escribe no sabe ni el nombre ni la función. No es que pertenezcan a otro tiempo por venir, sino que habitan otra galaxia de la que no llegamos a comprender si hay vida inteligente, tal como los viejos del lugar entendemos el término. Lo más asombroso es la satisfacción que parece darles su propio ensimismamiento. El establecimiento político, que llegó a estar muy preocupado por la eclosión de los narcisos y desplegó todos sus ojos para vigilarlos y todos sus tentáculos para destruirlos, los contempla ahora con una mezcla de regocijo y ternura, y presenta la bronca, discusión, numerito o como quiera llamarse entre Iglesias y Errejón, encaramados en los escaños parlamentarios que deben a sus electores después del beso en los labios que intercambiaron otrora, como un altercado fraterno en la mesa familiar, al que los dinosaurios que habitan el hemiciclo asisten condescendientes y satisfechos. Cuando se les interpela sobre su extravagante comportamiento, los chicos responden con una sonrisa de niño acostumbrado a que le rían las gracias y le perdonen los estropicios. Después de todo, así son los videojuegos y si no funcionan a gusto del jugador se resetea  y ya está. Unos muchachos que hablan de feminizar la política pensando en que será la abuela la que se encargue del cuidado de la casa no pueden imaginar la irritación y el hastío de quienes les han dado su voto como un mandato político y no como una playstation.  Estos viejos votantes se sienten como el rey Lear tras haber entregado el reino a sus jóvenes hijas, con el resultado sabido. No importa, Lear era  un carcamal analógico, engreído y senil. La fuerza de los narcisos se apoya en dos pilares que no dependen de la intención de voto. Uno es la crisis que no amaina y el descontento consiguiente, que no cesa. El segundo pilar es la esperanza de vida, que es el principal patrimonio de quienes están en la primavera de la existencia. Una dirigente podemita argüía hace cuatro meses  que si votaran solo los menores de cuarenta y cinco años, Iglesias sería presidente del gobierno. Hoy, esta dirigente ha abandonado su puesto en el partido porque ni siquiera ella soporta el florero de los narcisos carnívoros, pero no le faltaba razón entonces.  ¿Qué demonios lleva a un viejo a votar por el futuro?, ¿no son acaso más sensatos los que votan al pepé?