Arriba y abajo de la carrera de San Jerónimo, de o hacia el portón del reñidero donde, dicen los cursis, reside la soberanía del pueblo, las dirigencias  de los partidos políticos desfilan en línea, el jefe en el centro, flanqueado por sus más próximos y leales. Un rictus que quiere ser sonrisa, el paso ligeramente cansino aunque firme, el ademán resuelto, las armas en bandolera. La imagen, mil veces repetida, trae a mientes el desfile terminal de Grupo salvaje, cuando William Holden y su banda se encaminan a enfrentarse con el ejército mexicano, en realidad a masacrarlo, aunque en el lance también ellos pierdan la vida. Una especie de afán suicida que ha contagiado a la izquierda.  Una inolvidable apoteosis  nihilista. El ejército mexicano somos todos los demás, la multitud innominada que espera a que abran otra vez las urnas, como quien espera el rancho, para seguir adelante o quedarnos empantanados de nuevo, quién sabe, según el resultado de la batalla. El ejército, la gente, para decirlo con la palabra de moda e invocada de continuo, siempre está ahí, rehenes de la historia. Lo que espera un rehén es la libertad  y lo que espera un recluta conscripto es la licencia. Pues bien, parece ser que la desmovilización ha llegado, al menos para los más veteranos, y no tendremos que volver a atrincherarnos en las urnas. Los mayores de cuarenta y cinco años no somos requeridos para la recluta, según Bescansa, porque no hacemos más que estorbar en el despliegue de la fuerza. En su afán por el bienestar de todos, los podemitas no solo van a instaurar una renta universal sino que van a dispensar a los maduros y vejetes del fastidioso derecho al voto que nos hace cómplices del cretinismo de los electos a los que aupamos. Para decirlo en el tono de la consabida profecía revolucionaria, los viejos no asaltaremos los cielos. En lo personal, no puedo más que agradecerlo. Los viejos sufrimos accesos de romanticismo senil y lo mismo nos enamoramos de Rita Maestre que intentamos leer a Ernesto Laclau, olvidando que nos falta concentración arriba y abajo.  Así que la ocurrencia de Bescansa es una pertinente llamada al realismo. He votado a podemos en dos años más veces que a cualquier otro partido en cuarenta y en cada ocasión me pregunto para qué. Así que en las elecciones de diciembre o cuando sea iré al colegio electoral con un recorte de prensa de la afirmación de Bescansa y lo mostraré al presidente de la mesa con la satisfacción de quien presenta un certificado médico de inutilidad total ante el encargado de la caja de reclutas. Claro que Bescansa, que funge de fina analista, podría preguntarse por qué gana su sigla en circunscripciones electorales, como la de quien esto escribe, aquejadas de un severo problema de envejecimiento de la población. Pero no quiero agobiarla, bastante tiene con urdir la estrategia para asaltar los cielos.