Los ensayos de las compañías de teatro son fascinantes, aún más que la representación ante el público, porque en ellos tiene lugar la construcción de los personajes, en la que actores y actrices están empeñados en una dura conquista de la máscara, una lucha que libran contra si mismos y en la que no tienen la coartada de los espectadores y nadie hay en la sala vacía para reaccionar ante sus emociones y gestos. En el curso del ejercicio deben elegir quiénes quieren ser, qué apariencia darán a su carácter sobre el escenario, lo que significa que no pueden fingir porque solo se engañarían a sí mismos. El ser humano es un animal en busca de su máscara, que es al fin su propio rostro. Los padres de la especie humana estaban desnudos, es decir, inermes e innominados, y puede decirse que la historia de la humanidad y su conquista del mundo no son más que una interminable procesión de máscaras, una tenaz compañía de cómicos ambulantes que recorre la tierra. La paradoja reside en que la máscara es siempre cambiante y a la vez lo único auténtico del individuo. Impostura y verdad en un solo trazo. El único asidero de los comediantes ante este vertiginoso desafío es el guión, una historia con principio y fin, tejida por una inteligencia racional, bien escrita y estructurada, sobre cuyo andamiaje se construye la paradójica verdad de la representación. En el ensayo, los comediantes deben explorar, y saquear también, el depósito de sus experiencias para ponerlas al servicio del personaje que quieren ser. A este fin, la directora les obliga a improvisar en la situación creada prescindiendo de la apoyatura del texto y durante los tensos momentos del ejercicio asistimos a la lucha de unos seres débiles y vulnerables por conquistar el dominio de la escena y la atención de los otros; el poder, a la postre. Cuando se alcanza el objetivo, llegan los aplausos, que también son efímeros, y vuelta a empezar: nueva situación, nuevos personajes, nuevas máscaras. El teatro ocupa un lugar marginal en la sociedad a la vez que central en la imaginación humana. El oficio del comediante consiste en franquear este abismo que se abre entre nuestra imaginación y la sociedad que la envuelve. El teatro otorga una especial sensibilidad para detectar el engaño, lo que hay de hueco en nosotros y en los que nos rodean, a la vez que nos empuja a la verdad. Esta es la razón, sin duda, por la que los griegos clásicos lo consideraban escuela de ciudadanía.

 

P.S. La imagen que acompaña este texto pertenece a un ejercicio de interpretación a cargo de alumnos de la Escuela Navarra de Teatro, una institución de sólida raigambre en la ciudad, y esta entrada quiere ser la expresión del deseo de una larga vida para la Escuela y la mejor suerte en el futuro para quienes se forman en ella.