La afición al parloteo lleva a creer que las palabras significan lo que quiere el hablante. Un choque de trenes es una eventualidad espantosa pero es el término se está utilizando para designar la deriva del conflicto entre los gobiernos de Madrid y Barcelona, como una de las posibilidades de game over del videojuego. Y después, ¿quién recoge los despojos, cuenta las víctimas, paga las indemnizaciones y restaura el tráfico? Por supuesto, todo el mundo cree que esto va de broma y que quienes pilotan los presuntos trenes a toda velocidad (¿pero hay algo más inmóvil y redundante que el nacionalismo?) no carecen de cordura para frenar a tiempo, aunque ahora mismo nadie se atreve a aventurar cómo. En todo caso, cada convoy lleva una sobrecarga de resentimiento, fastidio y odio cuya erradicación va a ser muy larga y costosa cualquiera que sea el desenlace. Así que la idea del choque de trenes es tan resolutiva y melodramática que casi resulta deseable para salir de este flagelo de la razón en que se ha convertido el prusés. El govern y los independentistas catalanes, parapetados en un típico discurso autorreferencial con los ingredientes clásicos mezcla de victimismo, arrogancia y engaño, están en un bucle diabólico del que no manejan todos los hilos y que ni siquiera responde a las necesidades y los deseos de una mayoría de la población a su cargo. A su turno, el gobierno central ha trabajado mucho y con tenacidad para llegar a este punto, que para Rajoy es la oportunidad de coronar con honores una trayectoria política que desde el principio de la legislatura nació adversa y está resultando muy exitosa. Cuando todo parecía perdido para él, para su partido y para su proyecto, consiguió romper al pesoe, que aún está recomponiendo los pedazos, aislar a podemos, que aún intentará una moción de censura fallida de origen, y someter a sus designios a ciudadanos, sumido en la esquizofrenia de ser oponente y comportarse como aliado, para, en la penúltima etapa, comprar a los nacionalistas vascos y canarios y tirar adelante unos meses más. Si ahora consigue cortar la cresta de los catalanes, tiene garantizada una estatua en la plaza mayor de su pueblo. Claro que todos los laureles los ha obtenido con la colaboración de sus adversarios, renuentes a la luz del día y entusiastas en cuanto se ponía el sol. Lo asombroso para el sentido común es que los conductores de los trenes enfrentados pertenecen a los dos partidos más corrompidos de la historia presente, al parecer empeñados en evidenciar la archicitada máxima del doctor Johnson según la cual el patriotismo es el último refugio de los canallas. Todo indica que la democracia es eso: votar cuando te dicen, jalear a uno u otro si eres partidario y cerrar los ojos y apretar los dientes para no perderlos cuando choquen los trenes.
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