La amable iniciativa del profe de la nieta de seis años ha convertido al abuelo en un contador de cuentos ante un público de dos docenas de escolares curiosos e impacientes. El cuento elegido es una versión del lobo feroz y habla de un lobezno educado como una mascota por la abuelita en la casa del bosque que, ante las incitaciones de un lobo viejo, defiende su identidad de lobo y su pertenencia a la especie pero se niega a devorar a la abuelita. Es una historia que contiene interrogantes sobre la naturaleza y la educación, sobre la identidad grupal y el propio carácter, sobre la seducción y la fuerza, la verdad y la mentira. El cuentacuentos se ha preparado a conciencia el debut para atrapar la atención del auditorio y asegurarse la claridad del mensaje. Ha reflexionado sobre la moraleja, ha buscado claves naturalistas para abundar en el intríngulis de la historia, ha ensayado aullidos y gruñidos para imitar la voz de los personajes, se ha repetido varias veces la historia en voz alta para hacerse con su ritmo e incluso se ha provisto de una colmillos de pega para sorprender al auditorio con un toque convenientemente teatral. Pero apenas se sienta frente a la audiencia siente un ataque de pánico escénico. Para salir de su propia perplejidad pregunta quién ha visto un lobo real y todas las manos se levantan al unísono. La entusiasta respuesta anima a iniciar el relato. Es una experiencia a la vez vivificante y desalentadora compartir una historia con una pequeña manada de lobeznos trnasitoriamente domesticados. Reina una impaciencia que da vida al cuento compartido a la vez que lo devora y pone a prueba el tiempo ordenado y caduco del viejo frente al hervor de los tiempos de la chiquillería. El aula es un hervidero apenas contenido de intervenciones y gestos que los maestros se esfuerzan en controlar y el narrador se empeña en dominar con la presunta autoridad de su relato. La historia tiene un final enigmático. El lobo viejo ha intentado manipular la identidad del lobezno sugiriéndole que solo puede demostrarla devorando a la abuelita. La insinuación golpea el sentido de la lealtad y el afecto del lobezno y despierta en él una furia, una agresividad y una fuerza lobunas y hasta entonces desconocidas; se abalanza sobre el lobo viejo, lo tumba y lanza un aullido de triunfo sobre el derrotado adversario. En ese momento llega la abuelita, cree que los dos lobos están jugando y les invita a merendar un trozo de tarta y una taza de chocolate. En la conversación consiguiente alrededor de la mesa camilla, el lobezno apremia al lobo viejo a ser un lobo bueno y a no comer seres humanos, a lo que el interpelado acepta, pero, dice, ¡eso será a partir de mañana! En la última estampa, el lobezno y la abuelita han desaparecido de escena, y el lobo aparece acostado en un sillón con la barriga abultada y asido a la taza de chocolate. ¿Qué ha ocurrido? El cuentista se ha preparado para este momento de estupor, pero, como un disparo, como si esperaran que el cuento terminara de una vez, del auditorio brota una jubilosa respuesta: ¡se los ha comido!, ¡se ha comido a la abuela! El cuentista cree llegado el momento de una explicación adicional sobre la naturaleza, la educación y el instinto, pero la atención del grupo se desvanece como la luz de una bombilla fundida. En mi casa tuvimos un tigre de mascota, exclama una voz; y nosotros un lobo, subraya otra. Risas, aplausos, un caos creciente, despedida y el profe inicia otra actividad para reagrupar y mantener atenta y cohesionada a la manada. La experiencia ha sido vertiginosa, unos quince minutos, y el cuentista sale del aula con renacida admiración por el oficio de maestro y la convicción renovada de que las historias, como la experiencia del lobo, son personales e intransferibles.
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