La edición en papel del diario de referencia viene hoy sembrada de cráteres, e informantes, columnistas y opinantes pululan por sus páginas trazando a su paso un alboroto de sirenas, órdenes y consignas, como bomberos después de un seísmo. Debe ser la primera vez desde la creación del periódico hace cuarenta años que la realidad osa moverse sin hacer caso a las admoniciones y epístolas de sus voces editoriales. Resulta un contrasentido que el diario que se autoproclama global registre en su propia casa una rebelión de los acontecimientos. Es el efecto Macron. Después de la euforia provocada por la victoria de este deslumbrante turboeuropeísta en Francia, la cocina del periódico ha debido darse cuenta de que aquí no hay ningún mirlo blanco parecido y que su público diana, el grueso de los votantes socialistas, está enzarzado en unas elecciones domésticas que pueden terminar como el rosario de la aurora. La primera observación que debe hacerse es que la edición en papel del periódico no coincide con la edición digital, la cual se parece bastante a una revista de peluquería y se nos muestra despojada del dramatismo y la demagogia que impregna el formato de papel y tinta, como si los editores del periódico tuvieran en cuenta que los menguantes lectores en papel son más viejos, más tradicionales y más impresionables que los navegantes digitales pero sobre todo son los que votan en las primarias del pesoe. Así que la primera noticia tranquilizadora para ese público es un debate, auspiciado por el propio periódico, entre representantes de las tres facciones que se enfrentan en las primarias socialistas con un único mensaje tranquilizador: no habrá fractura del partido. Vale. El desencadenante de esta confusión está fechado en Francia y da noticia de que el hasta ahora primer ministro Valls, quien tuvo el cuajo de afirmar que el socialismo está muerto, va a ser expulsado del partido pero, al mismo tiempo, lo han rechazado en el equipo del emergente Macron al que con la misma desenvoltura había ofrecido sus servicios, es decir, el que fuera hasta ayer heredero natural del partido socialista francés está a punto de quedarse fuera de la historia. ¿Y si eso ocurre también con los altos cargos socialistas de aquí? ¿Cómo se convierte lo socialista en liberal sin que sus votantes lo adviertan? Felipe González lo consiguió con éxito pero eran tiempos en los que cualquier pasado era peor, una percepción que ahora no es mayoritaria. A esta pregunta viene a responder un politólogo de cabecera del diario de referencia, que sienta un crudo diagnóstico: el socialismo lleva a la derrota, id pensándolo. Así, pues, según este relato, el pesoe enfrenta un doble desafío: a) evitar la fractura y b) convertirse en otra cosa. A aclarar los términos de este problema y la metodología consiguiente está dedicada la tribuna de opinión del día: hay que hacer algo más que situar al pesoe a la izquierda. Y, por último, un toque de atención para los cortos de entendederas que no leen editoriales: no acercarse a podemos, tenemos dicho que es tóxico, y eso va en especial para los alcaldes de Calasparra y de Casar de Cáceres, vaya pareja. Y así está la vieja progresía, que creía en el estado redistribuidor, en la probidad fiscal, en los servicios públicos y en los salarios dignos, convertida en un despojo alrededor del cual los interesados no saben si resucitarlo y cómo, o enterrarlo y cuándo. Al funeral se acerca eufórico el joven liberal, huérfano de ideas pero dispuesto a hacerse con un buen pellizco de la herencia. Entre todos, ¿conseguirán que Susana Díaz se convierta en Emmanuel Macron?