La frecuencia de los sondeos de intención de voto es tan asfixiante como la información meteorológica. A cada minuto del día, decenas de chismes de toda clase, móviles de bolsillo, murales callejeros, muebles domésticos, auriculares pegados a la oreja, etcétera, mantienen al público al tanto de la temperatura, la nubosidad, la dirección e intensidad del viento y demás datos ambientales inútiles excepto para dar pábulo a la cháchara vecinal. Los sondeos de intención de voto, aunque no haya urnas a la vista, tienen la misma omnipresencia y parecida cualidad atmosférica. Nos envuelven pero no traen información del mismo modo que el sol no trae lluvia y el invierno no trae temperaturas más altas. Meteorología y demoscopia son ciencias banales, al menos en lo que tienen de uso público. Nos desayunamos con un nuevo sondeo que nos recuerda que no hay novedad en la querencia de los votantes. Las diferencias respecto al sondeo anterior son de unas décimas arriba o abajo, aquí y allá, y pueden considerarse circunstanciales. Hay una razón obvia para que esto sea así. Los partidos políticos perseveran en su ser y centran su esfuerzo en poner orden en sus filas y en mantener compactado su caladero de votos, y los votantes dan una respuesta congrua a esta estrategia absorta. La fidelidad del voto es la única seguridad que los ciudadanos encuentran en medio de una realidad desconcertante. ¿Para qué habrían de cambiar de apuesta? y, sobre todo, ¿a favor de qué otro jugador? El plus de corrupción del pepé parece haber desviado un puñado de votos a los juveniles ciudadanos y la expectativa de las primarias socialistas puede haber llevado a esa sigla otro puñado de votos que habría prestado antes a podemos, formación habituada a arrancadas repentinas y trayectos cortos a gran velocidad que ahora parece tener el motor gripado. Estos mínimos deslizamientos de voto no cambian el paisaje, siempre igual a sí mismo. Si fuéramos afectos al pensamiento mágico, podríamos decir que Rajoy el brujo, no solo domina la escena sino que ha conseguido transformarla a su imagen y semejanza. La demoscopia nos muestra un desierto rocoso, silencioso y ensimismado, de colinas romas y repetidas, en el que las especies vivas que lo pueblan no se reconocen ni interactúan entre sí. Es una sensación extraña. El mundo parece estar cambiando alrededor pero no podemos salir de nuestro pasmo. Un estado que nos devuelve a la meteorología. En la vorágine del cambio climático nos encogemos de hombros y salimos a la calle con ropa de entretiempo y un paraguas para por si acaso.
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