En los remotos años ochenta, un candidato político de la provincia preparó con exquisita pompa y cuidado la rueda de prensa para el momento después del recuento de votos en las elecciones de las que, en su opinión, saldría vencedor sin duda alguna. Los votantes decidieron otra cosa y el tipo simplemente plantó a la prensa y se marchó a su casa sin decir palabra. Una imagen desolada de cobardía e irresponsabilidad se sumó a la derrota: la sala vacía en el mejor hotel de la ciudad, con las sillas alineadas frente a la mesa erizada de micrófonos y, junto a una pared lateral, la ofrenda sobre un mantel blanco de un surtido de viandas menudas y bebidas refrescantes como obsequio del ganador a los heraldos de su victoria. A la vista de la deserción del prócer y de sus adláteres, ninguno de los cuales se dignó dar una explicación sobre la situación creada por las urnas, los periodistas dudaron unos instantes sobre si atacar o no la oferta gastronómica después de un duro día de trabajo antes de que todos salieran a escape hacia las redacciones para contar que no había nada que contar. El político aquel, joven e inexperto, socialista por más señas, entró con mal pie en la política y así acabó, aunque esa sea otra historia. La sala vacía de aquella nonata rueda de prensa por incomparecencia ha quedado en la memoria como un aviso de mal agüero y viene a cuento de la titubeante consulta que ha realizado el candidato insumiso Mélenchon a los inscritos de su partido para no se sabe qué, si para encontrar la voz perdida o para declinar la responsabilidad de lo que vaya a ocurrir en los anchos y porosos hombros de la multitud que le sigue, la mitad de la cual no se ha sentido concernida por una consulta que debiera haber orientado la posición del movimiento ante la segunda vuelta de las elecciones francesas, y, al fin, lo que ha conseguido la consulta es fraccionar la masa de sus seguidores en tres tercios casi iguales: uno a favor del voto blanco o nulo, otro a favor de la abstención y el último por el voto al mayoritario Macron. Una rabieta adolescente. Una manera prolija de desvelar la incomparecencia del partido, la sala vacía y los micrófonos mudos. ¿Cómo explicar el resultado de la consulta si no es como derrota auto infligida? La consulta ofrece varias enseñanzas y todas preocupantes. Primero, que la insumisión es un gesto, una actitud o una emoción, pero no una política. Segundo, que la sigla del elusivo Mélenchon es un agrupamiento del voto sin proyecto ni estrategia. Tercero, que la propia falta de discurso y de organización convierten lo que parece un segmento de electorado en un grumo social dominado por la anomia y la desorientación, donde el plebiscito perpetuo deja de ser garantía de democracia para convertirse en la vía rápida hacia el propio aislamiento y la frustración consiguiente. Demasiado guiso para tan poco sabor
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