En el campo semántico de la política, el significado de los términos resistir y resistencia no solo es distinto sino de sentido opuesto a ambos lados de los pirineos. Al norte, la resistencia evoca un movimiento o una actitud de lucha contra la ocupación y la tiranía y tiene connotaciones de riesgo, entrega y, en último extremo, de heroicidad. A esta vertiente de la cordillera, por el contrario, la resistencia es un atributo del poder y describe una actitud camastrona, contumaz y dirigida a eludir responsabilidades que puedan perjudicar la canonjía del resistente. Una actitud que se enuncia en la repetida sentencia de resistir es vencer, que ha tenido múltiples variantes y actualizaciones, la última y más conocida de las cuales es, Luis, sé fuerte, dirigida por un presidente del gobierno a un subordinado encarcelado por graves delitos de corrupción. Fue al orondo y rotundo Camilo José Cela al que la memoria atribuye la primera versión de la frase, de la que quizás no sea el autor original pero sí uno de los que la encarnó de manera más conspicua, ya que se inició como falangista delator de colegas ante la policía política y terminó como paradigma de las letras hispanas, con premio nóbel incluido, cuando ya nadie leía sus obras y él estaba dedicado a las relaciones públicas de sí mismo. La certeza de que la resistencia en el machito es condición de victoria final está inscrita en nuestro adeene histórico, jalonado de hitos resistenciales: numancia, sagunto, covadonga, tarifa, que aprendimos en el bachillerato. La nuestra es una historia asediada y el poder es siempre una fortaleza medieval, dentro de la cual el aire es irrespirable porque habita la peste. El último asedio a gran escala fue el que sufrió el régimen franquista por parte de la mucilaginosa conspiración judeomarxista o judeomasónica o como se dijera. El caso es que resistió y venció, vaya que si venció, además de dejar una enseñanza imborrable en el ánimo de sus seguidores y herederos. El último personaje que se ha sumado a la resistencia es el fiscal anticorrupción que, para esquivar cualquier tentación de dimisión, ha dicho de sí mismo que es un corredor de fondo. Bueno, ya sabemos que el fiscal no está en su puesto para realizar determinada función en nombre del derecho y del bien común sino que está en una carrera personal en la que ostenta la camiseta de su equipo y de la que nadie va a apearle por más que le acusen de juego irregular, no porque no sea cierto sino porque es accesorio al propósito principal de ganar la carrera. Si resiste, llegará a la meta, cualquiera que sea esta. La decisión de resistir la encara cada resistente de acuerdo con su carácter y en ocasiones adquiere tintes de resiliencia, palabreja adoptada del inglés académico, que confiere un aroma conmovedor a lo que solo es puro cinismo. Esta es la vía, entre airada y quejumbrosa, que eligió el secretario de estado de seguridad ante la comisión parlamentaria al considerar la convocatoria como una cacería y a él mismo clavado en un calvario. Carreras, cacerías y crucifijos, un universo semántico de señoritos a caballo. Ladran luego cabalgamos, otra forma, esta triunfal, de describir la resistencia.
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