La primera imagen, no sé si soñada, que guardo de doña Aguirre es disfrazada de cofrade de semana santa, con peineta y mantilla y al hombro la bandera azabache de alguna asociación penitencial. También recuerdo mi impresión ante esa imagen: esa tía es idiota. Los recuerdos que vinieron más tarde los compartimos todos, desde sus legendarias meteduras de pata sobre personajes relevantes de la cultura, cuando era ministra del ramo, hasta su milagrosa supervivencia de un accidente de helicóptero y de un remoto atentado terrorista, todo parecía parte del atrezo de un personaje de ficción y demostraba su versatilidad para la escena, entre dama boba y líder de hierro. La mirada gatuna y la media sonrisa con que frunce los labios tenían una cualidad desarmante, que mantenía al público boquiabierto mientras permitía que sus secuaces se entregaran a toda clase de desmanes en el backstage del espectáculo. Los productores de programas de humor en la tele captaron de inmediato las potencialidades del personaje y lo explotaron para ahorrarse los costes del guionista y ella se sumó con verdadero júbilo al papel. La van a echar en falta en el negocio del entretenimiento. A los indígenas de esta país, la comprensión de la política nos resulta ardua y a menudo inalcanzable, así que, ya sea porque unos se benefician del estado de cosas reinante y otros porque lo padecen, ambos bandos se encuentran en una única reacción: la risa. Doña Aguirre era impagable para el menester de provocarla. Jerry Lewis filmó una película nunca estrenada en la que un payaso entretenía a los niños en Auschwitz. Bien, doña Aguirre no solo diseñó sino que produjo y mantuvo en cartel muchos años una versión acomodada a los tiempos de esta idea del cómico norteamericano. Ya fuera disfrazada de maja matritense, de graduada en college británico o de pocera de las alcantarillas, ora inauguraba hospitales inexistentes o vías de tren a ninguna parte, ora fungía de liberal radical y látigo de los rojos, mientras tras ella los tramoyistas recogían el dinero a paletadas y todos encantados, sobre todo la organización mafiosa de su partido que podía actuar protegida por las carcajadas del público. También ella ha llorado al final de la función, como el payaso de Jerry Lewis. Los payasos son invulnerables porque son solo una máscara, y nada se puede contra una máscara, hueca y proteica. Eso explica la desazón de los críticos por la correosa permanencia del clown en escena y su imbatibilidad ante las evidencias racionales de lo que estaba haciendo. Incluso ahora, que por tercera vez anuncia su retirada, se detecta una temblorosa incredulidad por si no será una broma, otra más, la enésima. Las grandes figuras del espectáculo son también titulares de sus compañías y responsables de las obras que ponen en escena. Doña Aguirre tiene que demostrar ahora que en el tinglado que encabezaba desde hace décadas ella era solo una meritoria. Podemos apostar a que lo conseguirá y que volverá a la pista del circo en cuanto hayan conseguido levantar la carpa de nuevo.
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