El estado de ánimo del país semeja al del difunto aquel del chiste (espero que no esté incurso en el código penal) cuyos deudos enterraron boca abajo por si resucitaba y decidía volver a la superficie escarbando en la tierra que lo envolvía. En decúbito prono está enterrada la sociedad española bajo toneladas de recortes, corrupción y malgobierno, y, puesta a cavar con las uñas, se interna en las profundidades del pasado en busca de luz. De este modo, descubre que querría tener a Adolfo Suárez de presidente del gobierno. Suárez, fallecido hace tres años, devastado por el alzheimer, ganaría hoy de largo las elecciones a todos los demás candidatos, presentes y pasados, como el cid campeador. Vale la pena hacer un poco de memoria. Suárez, el tipo que urdió la democracia con habilidad que más parecía florentina que abulense, ha sido sin duda el personaje más detestado por el establishment mientras estuvo al frente del gobierno. De amigos, enemigos y simples transeúntes de la historia, recibió censuras, chanzas, descalificaciones, traiciones, y amenazas que no podían tomarse a broma. Fue un líder valeroso, arriesgado y empático pero no hubo político, plumilla, tertuliano o espontáneo que no participara en su lapidación. El golpe de estado de Tejero y compañía tuvo entre sus primeros objetivos quitarle de en medio. Hasta el rey puso su granito de arena en este empeño que podría calificarse de cuestión de estado por la cantidad y variedad de conspiradores, amanuenses y ejecutores que tuvo la causa. En realidad, Suárez solo gozó de una lealtad, que fue recíproca, la de Santiago Carrillo; el tardofalangista y el veterocomunista sellaron un acuerdo por la democracia sin imaginar que los dos estaban al final de sus respectivas carreras. Ambos se mantuvieron erguidos en ocasión famosa, cuando los golpistas pusieron de rodillas a la soberanía nacional. Cuando por fin se apartó de la política para evitar males mayores, el buen pueblo que le había votado le negó la segunda oportunidad y lo dejó de lado en busca de horizontes más prometedores que han terminado donde ahora estamos. Suárez nunca más pudo ser Suárez. Tuvo la elegancia, que no tienen los engolados González o Aznar, de no hacer bolos para enjaretarnos lo mal que nos va sin ellos. Cuando el país volvió a recordarle, él había olvidado al país. ¿Qué extraño vericueto de la memoria lleva, por ejemplo, a que uno de cada cuatro ciudadanos de entre dieciocho y treinta y cinco años, que no le conocieron, lo tengan como su presidente preferido? Aventuro una hipótesis: la sociedad esta sedienta de inocencia y de esperanza. Quiere creer que no somos la mugre que acarrea todos los días el telediario. Necesita que le reconozcan como la colectividad viva que es y no como un caladero de votos cautivos, que lleven a la ley lo que es normal en la calle, una frase de Suárez que también dio ocasión a su linchamiento (véase este enlace para apreciar cómo fue aquello). Nunca voté a Suárez pero siento que formo parte de esa mayoría póstuma que ha revelado el sondeo de la memoria común.
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