Desde que, a principios de los noventa, se decretó el fin de la historia y en consecuencia se abolió el futuro, vivimos de recuerdos, aniversarios, celebraciones y mementos. Cubileteamos los dados/datos del pasado y los escrutamos luego, como la vidente mira en el fondo de la taza los posos del café recién consumido a la espera de un mensaje sobre el porvenir. Hoy, el castillo de fuegos artificiales mediático ha dejado estampado en el cielo la noticia de que mañana se cumplen cuatro décadas de la legalización del pecé. La primera impresión de este recordatorio ha sido estrictamente personal: rediós, qué viejo soy. En aquella época vivía rodeado de comunistas, en mi lugar de trabajo, en el vecindario, en las librerías progres de la época, y esta presencia creaba un entorno burbujeante, esperanzado, envuelto en un aroma de aventura colectiva, que ciertamente se desinflaba un poco cuando percibías el despiste político del responsable de turno en alguna de las reuniones apenas clandestinas a las que te invitaban. Algo no era como lo contaban. El asesinato de los abogados de Atocha nos devolvió a la realidad. La manifestación silenciosa que acompañó a los féretros fue sin duda la más impresionante de la época, cargada de energía cívica y de resolución democrática, e inolvidable para quien participó en ella, tanto que convenció al gobierno de tardofranquistas virados en neodemócratas de la necesidad de legalizar al partido, haciéndonos olvidar que aquella manifestación fue, a la postre, un funeral. La salida a la luz fue letal para un partido forjado en la clandestinidad. Todas las cualidades de tenacidad, resistencia y cohesión orgánica que habían sido su signo distintivo se fundieron al contacto con la realidad de las calles. Un aparato político férreo, conservador y anquilosado, diseñado para ser la vanguardia del cambio histórico en circunstancias durísimas, se encontró en una nave cuyos mandos pilotaban otros y en un mar social inerte en el que el setenta por ciento de la población carecía de interés por la política, según una encuesta de la época. Así era el escenario de la transición. El pecé no pudo superar su decepcionante estreno electoral y no supo después reinventarse en izquierda unida. El partido constituido para abrir el camino a la historia, se encontró con que la historia le daba la espalda. En la práctica, el pecé fue leal a la democracia a la que tanto esfuerzo había dedicado desde que apostó por una política de reconciliación nacional en fecha tan remota como mil novecientos cincuenta y seis, hasta el punto de ser la única voz reconocible y fiable bajo la losa franquista, pero, llegado el momento de los frutos, sus seguidores hubieron de elegir entre cambiar de chaqueta hacia otras siglas (Tamames las recorrió todas, como un turista) y singularmente el pesoe, que en aquel momento era un promisorio manantial de cargos públicos y aún era de recibo en su seno la retórica izquierdista, o recluirse en la vida privada, en cuyos pliegues más insospechados era posible encontrar personas que se declaraban comunistas, como si aún estuvieran en la clandestinidad. El estruendo mediático del aniversario aparece teñido de sentimientos contradictorios, auspiciados por el asfixiante momento en que vivimos, pero no da materia para una reflexión que sirva para interpretar el presente, y menos el futuro. Pero quizás sea ocasión para dedicar a los mejores de aquella época un recuerdo cargado de respeto y admiración.