Un clásico de este tiempo de zozobra. Un político o un preboste cualquiera larga a calzón quitado en una circunstancia que considera su zona de confort, digamos, en una reunión de correligionarios, un encuentro de compiyoguis del gimnasio alrededor de una cerveza, o, como en este caso, en una sesión de teórica ante las juventudes del partido, los cachorros que han de aprender pronto la instrucción básica para sobrevivir en la jungla y con los que parece apropiado utulizar un lenguaje de sargento chusquero, mientras un artilugio electrónico invisible, inaudible, graba sus palabras, que semanas más tarde serán expuestas como ropa sucia en el tendedero de la plaza pública. Así le ha ocurrido al tipo que funge de vicejefe del grupo parlamentario socialista en el parlamento cuando exponía un rudimentario pensamiento político con la fiereza de quién arenga para la guerra a los jóvenes reclutas y que ha regado la prensa de titulares: estos son nuestros enemigos, este es su jefe y es al que hay que atacar, el otro es solo el adversario, así ejecutamos al traidor que ocupaba la secretaría general, a los catalanes hay que borrarlos del mapa, la zorra esa no es de los nuestros y el jefe de filas y yo, que soy el subjefe, a veces nos preguntamos qué estamos haciendo en esta mierda. El desahogo de Heredia es un gemido de desesperación y de impotencia. Se habla mucho de la desafección del pueblo hacia las instituciones pero no se habla tanto del desarreglo entre las instituciones y quienes las encarnan. Tampoco se habla de la crisis de la razón dialéctica como arma para el discurso político. Palabras contundentes, opiniones furiosas, argumentos rudimentarios y acciones resueltas, tal parece el bagaje del político actual con el que, además,  se imparte doctrina a las juventudes del partido. La excepción es Rajoy, que ni habla, ni argumenta, ni parece actuar siquiera. En un tiempo en que resulta imposible cohonestar los hechos y las palabras que los nombran sin contar una historia horripilante, nuestro bienamado presidente ha conseguido que hechos y palabras vayan por su camino, independientes entre sí, y ahí radica, al parecer, la clave de su éxito. En términos estrictos, la perorata del diputado socialista –o calentón, como la han calificado piadosamente algunos benefactores de la humanidad- no aporta información significativa. Todos sabemos que el enemigo del pesoe es podemos, que Sánchez fue liquidado porque se salió del guión, que los fichajes femeninos que hizo éste son un maldito engorro y que los catalanes constituyen un lío inmanejable, así que lo que nos ofrece la revelación de Heredia es un mapa del paisaje lunar y sus innumerables cráteres que constituye el suelo del pesoe. Una finca yerma que Díaz se propone gobernar en barbecho y que Sánchez dice que va a arar, no se sabe cómo ni con qué, para hacerla productiva. Luego viene el ofrecimiento de disculpas y la demanda de perdón. Nada hay más ridículo que un político disculpándose por decir lo que piensa y que sabemos que sigue pensando. Pero la impropiedad del lenguaje le traiciona hasta en la disculpa, Pues ¿no dice que dijo lo que dijo en un ambiente relajado?