Una joven abre el populoso y populista acto, cien por cien pesoe, en el que se entronizó a Susana Díaz como candidata oficialista a la secretaria general. Rubia, de melena lacia y fular al cuello, la naciente oradora que ocupa la tribuna es una versión núbil de la protagonista del acto, que intervendrá después. La joven se llama Estela, como una metáfora del momento que vive el partido y es una muestra biológica de su reserva generacional, que se remonta desde los orígenes de la vida, que la joven encarna, hasta la primera fila de los asistentes al mitin, ocupada por las momias de los ancestros, el santoral al completo del puño y la rosa, de Felipe para abajo. Todos dispuestos a escuchar a la joven y, sobre todo a aplaudirla, diga lo que diga. La presentación que la oradora hace de sí misma es rápida, atropellada, juvenil. Primero, su nombre y procedencia. Aplausos. Segundo, su cargo: directora del observatorio de salud pública de su comunidad autónoma. Más aplausos. Tercero, su biografía de joven rebelde pero desorientada que a los dieciséis años encuentra el camino correcto afiliándose a las juventudes socialistas. Aplausos, alaridos triunfales. Y, por último, sin más preámbulos, la consigna casi a voz en grito hasta el clímax final: tenemos que ganar, recuperar lo que nos hizo grandes, porque a nuestra generación se nos prometió que si estudiábamos, si nos formábamos, tendríamos el futuro asegurado y se nos engañó… Argumentación podemita y solución socialista: una elección personal de la candidata Díaz, que ha supervisado el elenco de oradores del acto. Fin de la historia: la joven telonera ha tenido que dimitir del cargo público de directora del observatorio de salud pública de su comunidad porque falseó el currículo académico. La encendida oradora no es licenciada en biotecnología, como había dicho. Un sentimiento de déjà vu asalta al lector de la noticia y es que no se puede ser viejo. El jubilado pasea por las calles de la ciudad; hace cuarenta años se sumó a los fundadores del partido socialista de la provincia e invitaba a sus amigos y colegas a acercarse también al grupo con el señuelo de que había cargos para todos. En efecto, en 1982, cuando el pesoe obtuvo la masiva victoria electoral que ahora quiere revivir Susana, dispuso de más cargos públicos a ocupar que militantes censados. Llegado el momento, aquel joven, que también había encontrado su camino en el pesoe, como la oradora de la noticia, fue nombrado inspector general de enseñanza de la provincia, cargo al que no pudo acceder porque carecía de la titulación universitaria requerida. No se quedó en la calle y su vida activa discurrió en el interminable escalafón del partido, sin tocar la tiza ni pisar el aula que le hubiera correspondido por su condición de maestro de escuela. La naturaleza de los seres vivos no cambia jamás y la de los partidos políticos, al fin obra humana, tampoco. Por cierto, ¿qué es el observatorio de la salud pública cuando el pepé ha intentado privatizarla con relativo éxito en un pantanal de corrupción? No solo el currículo de la chica era falso, también parece ful el cargo que ocupaba.