Alguien cuelga en facebook un vídeo en el que se ve a un tipo golpeando a otro que lleva una bata blanca mientras profiere algunas palabras en una lengua improbable. El difusor de la noticia ofrece un comentario explicativo de lo que el usuario de las redes sociales está viendo: Musulmán dando las gracias por su acogida en Europa en un centro de salud español. Imágenes que televisión española no difunde para no caer en la alarma social. Bien, resulta que todo es falso: el agresor no es un árabe airado sino un ruso ebrio y la escena no sucede en un centro español sino en Novgorod. Entretanto, el mensaje ha cosechado tres millones de visitas. El emisor tiene nombre propio y es un canalla o un idiota, o ambas cosas a la vez. ¿Debemos preocuparnos? Los medios de comunicación tradicionales y las cátedras académicas han puesto en circulación un término nuevo y desapacible, posverdad, para designar esta forma de comunicación en el que el enunciado de la noticia no se corresponde con la realidad de los hechos. El neologismo, bajo el efecto del tsunami Trump, merció el año pasado el título de palabra del año del diccionario Oxford. Posverdad tiene una connotación temporal pues el prefijo pos parece aludir a una época pasada en la que la verdad resplandecía naturalmente en la comunicación pública y evocarlo nos sume a todos en un melancólico estado de ánimo. ¿Fue así en realidad? La posverdad sería el efecto político y social de un fenómeno de que habría de ocuparse la agnotología o estudio de la fabricación premeditada de desconocimiento, según otra autorizada opinión. ¿Existe tal fábrica de mentiras como un hecho inédito? En el mismo diario de referencia en el que se lee esta opinión colabora una ex ministra española que, en cierta ocasión, dijo estar segura de que el régimen de Irak tenía de armas de destrucción masiva, y no lo comentó en el salón de estar de su casa sino en la tribuna del consejo de seguridad de las naciones unidas, falsedad en cuya difusión también participó su compañero de gabinete, Mariano Rajoy Brey, con las consecuencias sabidas. Las toscas afirmaciones de Sean Spicer en la época de la posverdad, no son más inciertas que los galimatías de Ronald Rumsfeld sobre lo que sabemos o dejamos de saber para justificar la mentira de la guerra de Irak de la que nuestro gobierno fue cómplice. El vídeo aludido más arriba en esta entrada es idéntico al que difundieron los telediarios semanas atrás en el que un energúmeno daba una atroz paliza a su novia. ¿Por qué habríamos de creer en la verdad de este segundo vídeo y descreer del primero? La credibilidad de un mensaje la otorga el receptor en función de sus creencias, experiencias y querencias, y eso es inmodificable, al menos mientras dura el impacto de la noticia, que suele ser muy breve y que solo amplifica su efecto si cae en campo abonado, es decir, sobre una audiencia previamente receptiva. ¿Podemos creer que mienten los políticos a los que hemos elegido precisamente para que digan aquello que queremos oír? Es evidente el corto recorrido del mantra gubernamental de que hemos salido de la crisis mientras este enunciado no se corresponda con hechos en materia de empleo fijo, salarios decentes, precios asequibles, impuestos justos y atenciones sociales. ¿Quiere decir eso que Rajoy practica la posverdad? Sin duda, aunque nunca sabremos si lo hace a conciencia o es efecto de la siesta. ¿Quiere decir que por eso le abandonará su electorado? Claro que no. Dicho lo cual, no sería indeseable que el fiscal y los tribunales indagaran si hay delito de odio en el vídeo del falso musulmán. Es más inquietante y potencialmente peligroso que las gracietas por las que han sido encausados algunos tuiteros marginales.
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