A vueltas con la misa y el sexo, que estos días, como en tantas otras ocasiones, cabalgan juntos. El abc se ha puesto al frente de la manifestación y ofrece en su portada a un grupo de personajes que sí van a misa: un torero, una jovenzuela pijilla, un entertainer, cuatro ministros del gobierno, el presidente de endesa, un par de cachorros de la derecha política, y un paisano mío, presidente de un organismo de crédito oficial, al que conocimos dejándose enjabonar en una propuesta de corruptela, simulada por unos periodistas, cuando ocupaba un escaño en el parlamento europeo. No dudamos de la veracidad de la información del abc ni de la devoción de los así expuestos. Tiene mucho mérito confesar la fe en estos tiempos de persecución religiosa, y, si ellos lo dicen, será que van a misa y, dada su situación en el escalafón, es seguro que van a misa solemne, y que no asisten a los oficios desde el sofá de casa por la tele, que es la materia a debate. La propuesta de podemos de suprimir la retransmisión de la misa dominical a través de la segunda cadena pública es discutible por dos razones: la primera, porque significaría privar de un servicio público de coste cero y políticamente inocuo a un sector de la población, que no es el que aparece, ni aparecerá nunca, en la portada de abc, pero que en gran medida está incluido en la famosa transversalidad que pregonan los podemitas. La segunda razón es que la religión es un material altamente inflamable y de fácil manipulación, como nos ilustra abc, y cuya erradicación del espacio público es, no solo imposible, sino peligrosa. La lógica de que los medios de comunicación públicos de un estado no confesional no deben albergar contenidos religiosos es, como poco, quijotesca, cuando el gobierno del pepé ha conseguido, sin mayor escándalo, que la asignatura de religión sea computable en la nota final de los estudios preuniversitarios. Ir a misa es este país un mérito académico, además de ocasión para que la ministra de defensa exhiba su mantilla pinturera. La ciudadanía se reconoce en si va o no a misa, si es merengue o culé, si es de villanueva de arriba o de villanueva de abajo, pero no espere nadie ganar ni un solo voto proclamándose laico, que en este barrio suena como a deslavado o sin sustancia. Claro que la campaña del diario monárquico tiene más recorrido pues de lo que se trata es de dar cancha a la postura episcopal sobre la educación sexual en las escuelas. La tal postura es reaccionaria, acientífica y potencialmente peligrosa para personas cuya orientación sexual no coincide con las manías episcopales. En este punto la batalla es ineludible. Pero, al final, se ganará. La derecha necesita besar el anillo del obispo porque este constituye un referente tradicional en una parte de su electorado, pero, en cuanto percibe que las posiciones eclesiásticas no le dan votos, o no se los quitan si hace lo contrario de lo que se dice en el púlpito, se olvida de ellas. Ya ha ocurrido con la legalización del aborto y el matrimonio gay; ocurrirá también con la normalización de la orientación sexual, aunque nadie debe esperar que, como cualquier otro avance en la mejora de la condición humana, no tenga que pasar por este valle de lágrimas que irrigan los obispos. Después de todo, estamos en cuaresma.