El gran obstáculo de la política es el género humano, que no tiene remedio. Los políticos trabajan por nuestra felicidad pero el núcleo borde, irreductible, de la condición humana arruina todos sus esfuerzos. Que se lo digan a nuestro bienamado ex ministro del interior, al que el mismísimo diablo puso micrófonos en su despacho para dar al traste con sus desvelos por emplumar a los independentistas catalanes. En ese estado lindante con la desesperación por la inutilidad de su obra se entiende que los políticos recurran a la santería. Tal parece el hábito del difunto y aún presente caudillo venezolano, Chávez, y ahora de su sucesor, Maduro, lo que permitió a Fidel Castro exportar a ese país recursos humanos en los que Cuba es fértil y acreditada: médicos y santeros, y ya se sabe, si tienes en tus manos la salud física y espiritual de los habitantes del país, el país es tuyo. Esta es la conclusión de cierto periodista que ha estudiado el asunto. La afición a la santería es una de las innumerables lacras del régimen venezolano que, desgraciadamente, no puede ser esgrimida por la derecha española, siempre atenta al sufrimiento de Venezuela, para atacar al pérfido régimen bolivariano, so pena de mentar la cuerda en casa del ahorcado. ¿Qué diferencia hay entre un ministro español que encuentra a dios en un viaje a Las Vegas, la ciudad del pecado, o un caudillo venezolano al que se le aparece su predecesor y maestro en el vuelo de un pajarillo mientras descansa en un claro del bosque? Se supone que las bofetadas a Maduro las recibe la mejilla de podemos. pero, llegados a este punto, no es operativo emprenderla a cristazos con este partido, aunque quién sabe si persiste en su intención de quitar de la programación de la dos, la cadena más amodorrada e inofensiva de la parrilla, la misa dominical. Por ahora no es el caso. Estamos en fase de acumulación de fuerzas ante la batalla inminente bajo la protección de doscientas vírgenes, cristos y otros muñecos del santoral que ostentan cargos públicos, desde capitán general del ejército hasta alcalde perpetuo o comisario de policía. ¿Se imaginan la cantidad de actos de prevaricación, cohecho y demás mandangas al uso que pueden hacer estos personajes de gesto beatífico y quietud eterna? ¿Y de qué serviría imputarlos? Pones a la virgen de la fuencisla ante un juez y, como una infanta de españa cualquiera, se acoge al derecho de no declarar, asesorada por el señor Trillo, que es un reputado jurista y constitucionalista con mano y experiencia en estos negocios, y propenso a la santería también. Lo que distingue a una virgen de una infanta es que la primera no se iría a Suiza. Los santos sirven para mantener atornillada a la población en sus aldeas y tienen prohibido escapar de la hornacina a riesgo de motín popular. Al contrario que las infantas, que van del reino al exilio y del exilio al reino buscándose la vida. Tampoco los santeros tienen mucha movilidad, de Cuba a Venezuela y de Venezuela a Cuba. Qué vida más dura la de las infantas, la de los santeros y la de las vírgenes, por no mencionar a los ministros del interior.