En el periodo de mi vida profesional en que estuve encargado de la redacción de los editoriales del periódico en el que trabajaba, me entregué a un ejercicio de ascesis que era mano de santo para aplacar cualquier atisbo de engreimiento. Salía a la calle después de la jornada laboral y observaba a la gente alrededor en busca del efecto que podría haber causado mi concienzudo discurso periodístico. Nada, ni un síntoma. Tipos acodados en la barra del bar, amas de casa con sus bolsas de la compra, chavales que correteaban por allí, nadie parecía afectado ni concernido por el editorial del día, trabajosamente urdido. Un editorial es un conjunto de argumentos referidos a algún hecho noticiable, ordenado de acuerdo con cierta línea política que, se supone, debe encajar en los marcos mentales de la audiencia del medio. Es un alimento compartido por políticos, asesores varios, académicos y otros periodistas que en conjunto constituyen la elite o el establishment, si se quiere, y que, cuando estudiaba periodismo, se llamaba opinión pública, un estado gaseoso al que es ajeno lo que se ha dado en llamar la gente, antes pueblo llano. Viene a cuento esta digresión porque, mientras los hacedores de opinión –otro término arcaico- están sesudamente enfoscados en el brexit, las amenazas a la continuidad de unión europea, el ascenso de los populismos, etcétera, la principal preocupación de un significativo número de ciudadanos británicos, aunque podrían ser de cualquier otro país, es tener que llamar a los bomberos y otros servicios de emergencia para que les liberen los genitales de argollas, ganchos y otros artilugios estimulantes de los que hacen uso a imitación de los personajes de Cincuenta sombras de Grey. Un jubilado podría decir que la opinión pública ya no es lo que era. En realidad, lo que ha ocurrido es que la vasta parte inerte que constituía la base de la opinión pública ha pasado al ataque y no solo porque haya decidido estimular su sexualidad con tenazas, sino porque parece resuelta a llevar la contraria a los presuntos hacedores de opinión, burlarse de sus análisis y previsiones, y, en resumen, hacer lo contrario de lo que se espera. El vetusto, en todos los sentidos, diario monárquico abc es un clásico formador de opinión entre su público. El formato arrevistado de la publicación permite utilizar la portada como un escaparate de ocurrencias con el que su antiguo director, Luis María Anson, se sumergió en ocasiones en insuperables abismos de chabacanería y de ese humor grasiento característico del pensamiento reaccionario. El actual director ha seguido la misma senda. Antes, la portada te miraba a la espera de captar tu aquiescencia, ahora sirve de inspiración a los internautas y es objeto de replicaciones en la red que desmienten y ridiculizan el mensaje, en un auténtico festín de zombis, para utilizar otra expresión inspirada en la moda mediática. El editorialista de antaño era invisible, y sus productos insípidos, en el mejor de los casos; ahora se han convertido en un vistoso plato de comida basura.
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