Mi amigo y excelente periodista Javier Doria ha debido tener esta mañana un subidón de autoestima profesional al ver que la edición en papel del diario de referencia, del que es corresponsal en esta remota provincia subpirenaica, ha destacado su crónica en primera página con una fotografía ¡a cuatro columnas! En un mundo que parece despeñarse en el abismo cada día, los indígenas nos hemos abalanzado sobre la noticia, que, ah, relata la vista oral de un juicio entre un empresario y un dibujante por la propiedad intelectual de ciertos diseños gráficos que ambos se disputan. Los diseños son simpáticos y muy famosos en los mercadillos de parafernalia turística porque han popularizado las fiestas de este pueblo cuando estas han dejado de ser fiestas populares para convertirse en, cómo decirlo, un acontecimiento global, lo que significa que tienen un apreciable valor mercantil. Pero el pleito por los derechos de su utilización no deja de ser en sí mismo un asunto privado entre dos profesionales, socios de una misma empresa. Nada que merezca cuatro columnas en primera página como el hecho más relevante del día. Al menos así deben pensarlo los millones de potenciales lectores del diario que nunca han adquirido una camiseta, una taza o un bolígrafo estampados con los diseños en disputa. La importancia que el diario global ha dado a la noticia ilustra menos sobre la cuestión noticiosa que sobre las anteojeras del propio diario. Uno de los rasgos más conspicuos de este indivisible país es la asimetría de las perspectivas entre la metrópoli y las provincias, estas últimas condenadas a servir material anecdótico y folclórico para recreación de las cultivadas clases de la capital. Entre nosotros hay un notable novelista local que durante muchos años cimentó su fama en la capital como develador de las tortuosas maquinaciones de la negra provincia, de las que él mismo era víctima principal. Pasadas de moda aquellas fiebres, todo quedó reducido a su tamaño natural: el escritor, las maquinaciones y la provincia. Es muy probable que, cuando se dicte sentencia por este pleito de los dibujos, la noticia no pase de media columna en página interior par. Entretanto, aquí seguimos los aborígenes, pintando monas que quizás nos compren los visitantes del mundo global.
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Nuestro bloguero no parece percatarse de la relevancia de los sucesos que acontecen en esta tan motejada por él, con su reiterado desdén y displicencia sarcástica, de “remota provincia subpirenaica”. Lea, lea usted, señor Bear, el famoso panfleto «Día grande de Navarra», del jesuita José Francisco de Isla, y se encontrará, entre otras perlas sobre la grandeza de nuestro Reyno, el siguiente pasaje, que denota hasta qué punto no es anecdótico sino cósmicamente trascendental lo que ocurre en estas tierras: “[…] ya sabe el mundo lo que es el reino de Navarra, y lo sabe tan de allá, que cuando el mundo andaba a la escuela, aprendió a leer por las glorias de este reino. Yo me guardaré de caer en la tentación, que sería parvulez, de pararme ahora a hacer una reseña de ellas, cuando son tan sabidas, aun de los que menos saben, que las cantan en sus lenguas los niños malabares. La historia de Navarra es la historia del mundo universal, o por mejor decir, la historia del mundo universal es la historia de Navarra; porque no habrá imperio, no habrá reino, no habrá provincia en todo lo descubierto, en cuyas glorias no anden mezclados los navarros”.