Lo crean o no los más jóvenes, el anhelo, y la manía, de lo nuevo es más viejo que las momias egipcias. El hombre nuevo, la  nueva política. No hay generación que haya pisado el barro de esta bola en la que pasamos nuestros días que no haya deseado emanciparse de la madeja de músculos, nervios y ocurrencias que nos identifica como humanos. El hombre nuevo fue el señuelo de todas las revoluciones del siglo pasado. Fidel Castro envió a Ernesto Guevara al Congo y luego a Bolivia a plantar las simientes planetarias del hombre nuevo, con los resultados sabidos. No es probable que ningún veinteañero cubano, en La Habana o en Miami, se mire ahora al espejo y diga de sí mismo, caramba, soy el hombre nuevo. La nueva política ha sido la sonaja de los podemitas, que ahora están destrozando su juguete ante los ojos asombrados de propios y extraños. Lo único nuevo, transformador, en la experiencia humana es la tecnología y el pensamiento científico que la informa. La moral es la constante de la ecuación. No somos ni mejores ni peores que el hombre de las cavernas, simplemente disponemos de más y mejores artefactos para dominar la naturaleza exterior, no a nosotros mismos. Por lo que creemos saber, la deriva suicida de podemos tiene precisamente su origen en la fricción irresuelta de la moral y la tecnología: la expresión de una idea tomada del ajedrez -el juego más antiguo, sedentario y ensimismado que existe alrededor de un enfrentamiento primario en blanco y negro- formulada a través de la hípermodernidad de las redes sociales. El relato es una novela de espías.  Un funcionario descubre en un ordenador cierta información bajo la clave ajedrecística mate pastor, que resume una victoria sobre el tablero en pocos y audaces movimientos. Lo que está detrás de esta jugada de ajedrez, que se difunde a través de un canal encriptado de internet a cierto número de usuarios, es una operación para hacerse con el poder del partido y desbancar o en su caso condicionar al secretario general. Este es informado por el funcionario que ha descubierto la conspiración y destituye de un plumazo al responsable de organización del que presume la traición y, entre sonrisas y palmaditas en la espalda, se abre una guerra de posiciones y trincheras que terminará este fin de semana en una conflagración de la que no se puede prever el grado de destrucción que ocasionará. La buena noticia, la única buena en realidad, es que de las purgas no se derivará derramamiento de sangre. En eso sí hemos progresado algo. Somos mejores en algunas circunstancias y se debe a un tenaz pensamiento antiutópico. Todo es más liviano, más vulgar, menos trágico a pesar del énfasis de los contendientes. La corrupción política y la polución atmosférica demuestran que se pueden convivir con el mal en ciertas dosis. Los cinco millones de votantes de podemos también convivirán con la pérdida de la ilusión y quizás del partido mismo. Otro se llevará sus votos; hay que comer todos los días.