Joder, qué tropa. Es como el reparto de una comedia de situación de la tele, con guión de Tarantino, poblada de tipos trazados con una mezcla de rasgos entre terroríficos y caricaturescos. La América disfuncional en vivo y en directo. Es posible que cada uno por separado tenga algún sentido en los entornos de donde proceden, quizás para su pareja, sus amigos del country club o para su psiquiatra, pero juntos forman una inquietante comparsa de gigantes y cabezudos. Un general perro loco va al frente del ejército; un racista confeso al que sus actitudes le impidieron ser juez se alza como fiscal general; una multimillonaria defensora de la educación privada posa al frente de la enseñanza; un islamófobo pilota la seguridad nacional; un especulador de bolsa maneja la hacienda; un negacionista del cambio climático gestiona el medio ambiente; un empresario de hamburgueserías dirige las políticas de empleo, y por ahí seguido. Es el gobierno de Trump, el equipo que estará al mando de la primera potencia del mundo. Esta navidad, el lobo se ha comido a santa claus y llega a las casas sin ocultar los colmillos, y con apetito. Extraña que walt disney no haya producido aún la correspondiente película de palomitas; sería, como dicen los friquis, una película de culto. Entretanto, el pueblo llano que ha votado por este coro y que se toma muy en serio la política ya ha empezado a cortar el cupón de la victoria de los suyos hostigando a extranjeros, musulmanes y demás enemigos sobrevenidos. Los delitos de odio ya se han multiplicado, no solo en el país de Trump, donde aún no ha tomado posesión el presidente electo, sino también en la isla del Brexit, donde aún no se producido la salida, y lo que falta. ¿Qué esperábamos? El fascismo es una alianza entre la elite y la chusma, dejó escrito Hannah Arendt. La primera retiene el poder y el dinero y la segunda ocupa la calle. Después de todo es lo único que los famosos trabajadores blancos desempleados del medio oeste van a conseguir del cambio de gobierno: linchar a un musulmán, y mejor si es negro, ante la mirada complaciente del sheriff. También puede ocurrir que los norteamericanos hayan detectado el anunciado declive de su país y se dispongan a volver a los viejos buenos tiempos de vastos horizontes habitados por el mugido de las vacas, la mecedora en el porche, el güisqui destilado en el granero y el negro del pueblo que se quita el sombrero de paja y agacha la cabeza cuando se cruza con el farmacéutico o con el juez. Quién sabe lo que pasa por la cabeza de una sociedad en la que la mayoría cree en los ángeles, como los ministros de Rajoy. Si esto es así, los personajes del gobierno de Trump serían los jinetes del apocalipsis en formato familia monster.