Descubro en el envés de la hoja del calendario de las naciones unidas que hoy es el día internacional contra la corrupción. Tranquiliza saberlo. Quiere decir que la corrupción es una lacra insuperable con la que habremos de convivir para los restos, sin más recurso que una jaculatoria ritual en la jornada correspondiente. El pepé y los demás ya tienen ocasión, pues, para testimoniar su decidida voluntad de acabar con la corrupción con un minuto de silencio en pie y prietas las filas a la puerta del congreso y, si la devoción arraiga, podrán enviar en este día a las calles a sus portavoces con una hucha y una ristra de pegatinas para la solapa. Es fácil imaginar a los dos hernandos a la tarea –una ayuda para acabar con la corrupción, por favor-, batiendo animosamente la hucha en competencia con la legión de voluntarios de todas las oenegés imaginables entregados al mismo menester en cualquier esquina de la ciudad. Las naciones unidas han encontrado una fórmula estupenda para denunciar las lacras de la humanidad que no pueden, ni siquiera quieren, resolver. La dedicación de un día a cada una de las aflictivas circunstancias por las que puede pasar un individuo, desde el hambre hasta la dermatitis, permite que nadie se sienta olvidado y espere la llegada del día de su circunstancia como quien espera el día de su santo, que celebrará junto a toda la humanidad. Estos días internacionales son la versión laica del calendario del sagrado corazón que puede verse por estas fechas en los escaparates de las papelerías. El cristianismo ya descubrió hace dos mil años que una cosa es tener el poder y otra resolver las pejigueras del personal. Para lo primero se requiere el dogma y la fuerza, y para lo segundo, un destilado de santos intermediarios que van pegados a los días del año como los cromos a un álbum infantil o los cupones de compra al tarjetón de descuento en el súper. Estas celebraciones temáticas y universales ofrecen muchas oportunidades al lucimiento de la buena conciencia. Por ejemplo, en un país tan milagrero como el nuestro, el gobierno podría, en este día, indultar a un par de condenados por corrupción, a petición de la cofradía correspondiente. Me atrevo a apuntar gratis un desarrollo protocolario: los indultados, descalzos y ataviados aún con el chándal de la cárcel, tendrían una audiencia con el rey que les recibiría con un abrazo, a la manera como el padre recibe en el seno de la familia al hijo pródigo del evangelio, pues, ¿qué otra cosa son nuestros corruptos, sino pródigos y prodigiosos? Montoro ya llevó a cabo una celebración parecida con la amnistía fiscal, así que hay precedentes, experiencia y ganas de repetirlo.
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