El arte abstracto se detuvo al borde mismo del abismo. Colores emancipados de las formas; estructuras liberadas de la representación; líneas y trazos de apariencia arbitraria que no responden a ninguna figuración. Obras que recrean la admiración prístina del ser humano por el lenguaje de la naturaleza en el inicio de la formación de la conciencia. La belleza desafiante del paisaje ante a los ojos: la puesta de sol, el vacío de la caverna, el temblor del bosque, y, un poco más allá, la propia confusión del testigo. Y quizás es la confusión del artista el último rasgo que parece quedar en el arte abstracto de mediados del siglo pasado cuando lo miramos con los ojos de principios de este siglo. Un arte que huyó de la complejidad de la sociedad industrial y medró en sistemas políticos interesados en ocultarla. Ahora, esa complejidad humana oculta ha vuelto a ocupar el escenario con inesperada fuerza y el arte abstracto se nos presenta desleído, insignificante. Esta deriva es especialmente dura para los discípulos, que no encuentran manera de liberarse del magnetismo de los maestros y pisar su propio suelo. Los grandes abstractos están en la peana de los museos, anclados en su circunstancia histórica, pero sus epígonos trabajan en el vacío de la herencia recibida. Mi país dio dos gigantes de la escultura abstracta, Eduardo Chillida y Jorge Oteiza, que en vida incluso se dejaron arrastrar a ese pasatiempo vasco por las apuestas sobre quién era mejor. Hoy, el museo del primero está cerrado en Hernani y el del segundo está vacío de visitantes en Altzuza, pero parques, rotondas y exposiciones municipales están pobladas de la obra de sus epígonos: vigas retorcidas, árboles de hierro, esferas y cajas abiertas, arpilleras manchadas de almagre, si pensamos en otro grande, Antoni Tapiès, ofrecen un lenguaje a la vez anticuado, repetitivo e ininteligible, en el que la mirada rebota contrariada. El arte abstracto fue una invitación a olvidarnos del arte o, lo que acaso sea peor, a verlo a nuestro alrededor en cualquier circunstancia. Los artistas más avispados han captado el mensaje y una escoba en un rincón del museo puede cotizarse en una exclusiva subasta si hay un merchante que se lo propone y un ricacho que se lo cree. Confieso haber sido un adicto al arte abstracto en mis años de aprendizaje, una adicción que ahora me parece un déficit de carácter.
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