Semana esmaltada de días de holganza. Puente largo de diciembre, idolatría del cemento y del  ladrillo, que une dos orillas festivas, dos nadas simétricas, como el aeropuerto del abuelo Fabra que trae de ninguna parte y a ninguna parte lleva. Pórtico de las fiestas navideñas. Si no me equivoco, otra promesa incumplida de Rajoy, quien afirmó que iba a racionalizar el calendario laboral. Con lógica ratonera característica, habrá pensado que ni a los jubilados ni a los parados, acaso los dos colectivos más numerosos del país, les urge esa racionalización por razones obvias. Puente de diciembre, pues. Ocasión para subir el precio de la gasolina y anunciar la subida, diferida, del salario mínimo. Penitencia y esperanza porque estamos en adviento, o cerca. Lo que singulariza esta semana es que sus fiestas intermedias –la constitución y la inmaculada, mirándose ceñudamente cara a cara a través de la jornada laboral interpuesta- representan el destartale de la conciencia cívica del país. El día de la constitución es una fiesta que nadie celebra, excepto los políticos que quieren salir en la foto del acto oficial, que no son todos, y ni siquiera coincide con la fiesta nacional, que es el doce de octubre y tampoco gusta a la mitad del paisanaje, y la festividad de la inmaculada concepción de maría, el último y más absurdo mito incorporado al dogma católico, precisamente para frenar el impulso de la modernidad, es fruto de la terquedad de la iglesia y del apocamiento civil y democrático ante su poder. Para el pueblo llano, todo lo que ofrecen estos días es gratis para el estado: carretera y buen viaje, y que trabajen los panaderos y la guardia civil de tráfico. País pintoresco en el que es más fácil saquear las cuentas públicas y podar la educación y la sanidad que mover un santo de su peana. Un país hecho por agregación, de naciones, de taifas, de santos y vírgenes y de fiestas. Una romería perpetua, ya sea a la ermita del patrón o al apartamento de la playa. Caray, releo lo escrito y parezco un discípulo regeneracionista de Joaquín Costa, un personaje fantasmagórico por las muchas veces que se le invoca y lo exótico que resulta. Tal vez Rajoy fue o quiso ser regeneracionista –alguna motivación le arrastraría a la política, aparte de los evidentes placeres que le depara-, antes de que la realidad le llevase a orillar las reformas del país para concentrarse en satisfacer a sus acreedores. En mi pueblo hace hoy una hermosa mañana otoñal, qué carajo, demasiado hermosa para dedicarla a cábalas que no llevan a ninguna parte que no sea otra jornada festiva.