El fallecimiento de Rita Barberá ha devuelto al pepé el sentido de comunidad, momentáneamente enajenado por la presión de la opinión pública y la acción de los tribunales. Corrupta, quizás, nunca lo sabremos, pero sobre todo, una de los nuestros. ¿Y si Rita no murió abrumada por su responsabilidad sino porque los suyos la habían abandonado? No han pasado ni cuarenta y ocho horas de su fallecimiento y Rita presta un último servicio al partido del que fue fundadora y al que sirvió con lealtad, provecho y desatada alegría durante toda su vida, al recordar a los supervivientes quiénes son, cómo llegaron al poder y qué han de hacer para conservarlo. La pregunta que atenaza ahora mismo a los desconsolados populares es, ¿y si lo de Rita es solo un síntoma y estamos ante una epidemia de defunciones entre los innumerables imputados, responsables, beneficiarios, cómplices, causahabientes y autores de esemeeses durante veintitantos años de corrupción sistémica?, ¿a cuántos funerales habremos de asistir, incluido el de cada uno de nosotros? El portavoz popular ya ha reflexionado en voz alta, como se dice ahora cuando aludimos a  una amenaza, de que tal vez haya que darle una vuelta al pacto con ciudadanos en lo referido a cesar a los imputados por corrupción. Es un reconocimiento de la incompatibilidad del poder con la decencia. No hay de qué avergonzarse. Del mismo modo que en la carrera militar tienen poco futuro los demasiado escrupulosos con los derechos humanos, nadie cree que se pueda gobernar una ciudad o un estado durante un cuarto de siglo sin que el lubricante te manche las manos. En cuanto al pacto con Rivera, hasta este chico tan listo debe de haber comprendido ya que es papel mojado, en la cláusula aludida y en cualesquiera otras, por razones que todo el mundo entiende intituitivamente. El pepé necesita dos condiciones para recuperar la hegemonía sobre el país: romperle el espinazo al pesoe y absorber a ciudadanos. Lo primero ya lo ha conseguido, Felipe González mediante, y lo segundo es cuestión de cocina y tiempo en el horno porque ni el más miserable pollo se deja comer mientras está vivo, así que empecemos por darle una vuelta al pacto. Y una vez que volvamos a ser hegemónicos como antes, ¿qué necesidad habrá de discernir entre santos y pecadores? Eso ya lo hará dios, como nos recordó el cardenal Cañizares en la iluminadora homilía del funeral. En estos meses de turbulencias, el pepé ha cometido dos graves errores: fingir ser el partido que no es y apartarse de las enseñanzas de la santa madre iglesia. En el pecado lleva la penitencia.