Ahora que el recorrido de la noticia sobre la nonata vivienda del senador Espinar parece haber llegado a su término, podemos convenir en que nos ha dejado un par de lecciones ilustrativas de la política general del país, que por lo demás, no son inéditas ni desconocidas. Primera lección, que la dirigencia de los movimientos rebeldes, revolucionarios, contestatarios o como quieran llamarse, está en buena parte formada por vástagos de prohombres del régimen que se quiere derribar. Desde al menos los años cincuenta del pasado siglo (sucesos de la universidad complutense de Madrid, 1956), los dirigentes de clase media de los movimientos antifranquistas eran en alguna medida hijos de franquistas, que luego hicieron en no pocos casos dilatadas y provechosas carreras en las poltronas que bajo el régimen nefando habían ocupado sus padres. Lo que no quita mérito a sus acciones. Por lo tanto, que el senador podemita sea hijo de un significado preboste de la casta, entra dentro de una acreditada tradición que a todas luces parece imposible de eludir. Segunda lección, que la vivienda, o el ladrillo, como se llama ahora, es una fuente inagotable de corrupción, casi la única existente, y no solo para las grandes operaciones de sobresueldos, cuentas paradisíacas y financiación de jolgorios partidarios, tal como las vienen administrando desde los orígenes del llamado régimen del 78 los tesoreros de los partidos fundacionales, sino para el menudeo de favores entre sus redes clientelares. La posesión de una vivienda libre de cargas y de prometedora venta es la expresión depurada de lo que aquí entendemos por capitalismo popular. Es el único capital al alcance de la imaginación común, y suerte si además está al alcance del bolsillo. Por eso, las autoridades se reservan el privilegio de trucar la fortuna de algunos con artilugios legales apenas perceptibles. La adjudicación discrecional del quince por ciento del cupo de viviendas de una promoción o el incremento del precio del módulo de venta respecto al de compra son dos de estas manipulaciones legales imputables a la administración pública que han favorecido la operación de compra venta del piso del senador. Llamarla especulativa es una exageración deliberada y explicable por la circunstancia que atraviesa el país, que no ha sido capaz de sustituir al gobierno que ha patroneado las redes de corrupción más extensas y voraces de los últimos cuarenta años. El silogismo es el siguiente: si no hemos podido echar al gobierno de los corruptos es porque todos son corruptos, quod erat demonstrandum en el caso del senador Espinar, que se presenta como un paladín de la limpieza ética, etcétera, y ya ven. Todo el episodio es burdo y desproporcionado, pero así están las cosas en este país fallido. El partido del senador ha respondido como lo haría cualquier partido tradicional (para qué cambiar de táctica si la vieja funciona): a mí la legión y formación de tortuga. Pero con un extraño matiz, ya que desde las filas aparentemente cerradas se aventurado que la noticia periodística estaba dirigida a influir en el debate interno del partido a favor de uno de las corrientes o facciones enfrentadas. Eso es reconocer, a) que el ataque (pues se trata sin duda de un ataque) ha sido inesperado; b) que el partido está dividido y es vulnerable ante lo que sin duda es una andanada menor, y c) que carecen de un armazón argumental y de una política de comunicación para enfrentar estas eventualidades que sin duda se repetirán en el futuro. Podemos es un partido más fastidioso e irritante para el establecimiento por lo que representa que por lo que es, como se ha visto en este episodio. Ahora está enfrascado en la definición de su proyecto y de la organización en términos que para los profanos son ininteligibles. Si no me creen, pinchen aquí.