El título de esta entrada me ha asaltado apenas concluida la entronización de Rajoy como presidente del gobierno, otra vez. Como es sabido, la frase está sacada del Eclesiastés (1-15: 11) y es el título original de la novela de Ernest Hemingway que en España conocemos como Fiesta, y ha debido ser sin duda el contraste entre el carácter festivo que en nuestra lengua se atribuye a la historia y la melancolía que destila en inglés lo que la ha traído a la memoria. Después de todo, la fiesta de la democracia, como dicen los cursis, ha terminado hoy en un resultado ramplón, cínico y desesperanzado, y aún nos queda una larga y gris resaca, que se ha anunciado en la tribuna del congreso, para la que, en efecto, no queda más consuelo que el que sugiere el biblista: el sol sale y el sol se pone, y se apresura al lugar de donde vuelve a salir. Mañana, domingo, hará un día soleado y es todo lo que podemos esperar del futuro. Reconozco haber sido víctima en estos meses de una pasión política propia del viejo que se enamora de una jovencita, y sin duda el delirio se ha trasladado a esta bitácora de jubilado al que no le atraen las obras callejeras ni el juego del dominó. Aprietas los dientes, encoges los hombros, hincas las manos en los bolsillos de la chaqueta y te parapetas en un argumento perogrullesco por lo demás real y razonable: ha ocurrido lo que quiere la sociedad y la clase política que la representa porque de otro modo el resultado hubiera sido distinto. Este tramo de casi un año en el que parecía que el sol iba a alterar su órbita antes de volver al mismo lugar de donde saldrá de nuevo mañana nos ha debido servir para conocer mejor las entretelas de lo que somos como comunidad política, pero el conocimiento de la realidad no necesariamente lleva a la voluntad de cambiarla, como postula el pensamiento progre. Lo curioso en esta ocasión es que los partidarios del cambio y de las reformas eran más numerosos que los reaccionarios, pero han preferido rendirse a estos. Pliegues de la condición humana que es necesario conocer también. Ya está dicho que uno de los vencedores de este lance ha sido el cinismo. Para los más jóvenes, para nuestros hijos, la interminable formación del gobierno ha sido su rito de paso político: quizás les ayude a comprender lo que fue la transición de 1978 a la que desprecian y para la que no tienen más que juicios derogatorios, y eso que ahora parecía mucho más fácil. Volvamos al Eclesiastés: Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Hay algo de que se pueda decir, mira, esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos precedieron. No hay memoria de las cosas primeras ni tampoco de las postreras que sucederán; no habrá memoria de ellas entre los que vendrán después. Para mí que Rajoy recita estos versículos todos los días.
El problema que tenemos «los jóvenes» con la transición no es el hecho de no seamos capaces de comprender los motivos que llevaron a dicho pacto o su contexto histórico, sino el que durante años en escuelas y medios se nos haya vendido como un ejemplo del máximo espíritu democrático, el súmmum de la convivencia y buen hacer, llegando al punto de presentar a un personaje tan siniestro como Fraga como un ejemplo de demócrata. Ante este adoctrinamiento, el descubrir que en realidad no se trato mas que un reparto del pastel genera una rabia que se manifiesta en modo de rechazo.
Gracias por tu comentario, con el que estoy de acuerdo. En todo caso, la investidura de Rajoy ha cerrado el periodo histórico que surgió de la transición y, de alguna manera, estamos otra vez en la casilla de salida. A los jóvenes corresponde tomar la alternativa y lo que ha ocurrido estas semanas da noticia de las dificultades que les esperan.