Una mujer afgana de cuarenta y tantos, asilada en un campo de refugiados en el vecino Pakistán, afana unos documentos de identidad falsos para sí y para otras dos personas, al parecer hijos suyos. Es descubierta, detenida, encarcelada y está a la espera de juicio que puede significar desde la expulsión del país hasta una condena de siete años. El episodio no debe ser infrecuente en la azarosa existencia diaria de millones de refugiados en todo el mundo (solo en Pakistán, casi un millón y medio de refugiados afganos, de los que cerca del millón están en situación ilegal). Pero la razón de que este caso concreto haya reclamado nuestra atención al otro lado del mundo es que la mujer posee unos hermosos ojos verdes. De hecho, unos ojos icónicos, como  lo fueron, digamos, las piernas de Cyd Charisse, por mencionar un icono de la época juvenil de quien esto escribe. Lo que distingue los ojos de esta mujer de las piernas de Cyd es que a ella no le han servido para ganarse la vida, ni en la industria del cine ni en ninguna otra. Y, sin embargo, son unos ojos muy famosos, universalmente conocidos, que le han otorgado una identidad superpuesta a la real pues ¿a quién que no sea poli paquistaní o maniático de la wikipedia le dice algo su verdadero nombre, Sharbat Gula? Un reportero  fotografió en 1985 esos ojos engastados en el óvalo de la cara de una niña y la revista National Geographic público la imagen en portada y de ahí a la eternidad. Lo que los voyeurs occidentales buscamos  en esta clase de publicaciones de lo exótico  son emociones fuertes, ya sean provocadas por la belleza o por el horror, y tanto mejor si en un destello de belleza en medio del horror. A los ricos que pueden pagárselo les gustan los diamantes, aunque sean de sangre, pero a los demás nos excita precisamente que sean de sangre. Saberlo tiene en nosotros el efecto de un buen estornudo que nos permite excretar un nódulo de indignación por las fosas morales, después de lo cual se respira mejor. Diecisiete años después de captar la famosa imagen, el fotógrafo reencontró a la mujer de los ojos verdes. La noticia que leímos de este encuentro destacaba en el titular que Sharbat nunca había visto a Bin Laden.  Es un apunte chusco y de difícil interpretación,  que parece querer informar que el líder de Al Qaeda no tenía costumbre de fotografiarse con las celebridades locales, como hacen nuestros políticos.  Los ojos verdes seguían en la cara pero la asombrada curiosidad que expresaban en la niña se había convertido en la recelosa mirada de una mujer adulta atenazada por el miedo. Ahora no sabemos que dirán los ojos de una casi anciana que nunca vio a Bin Laden y necesita una cédula de identidad para mejorar una existencia que no han podido iluminar sus ojos verdes.