1) Retorno a la antigua moneda nacional, el marco alemán; 2) reducción de la unión europea, no a los rescates de Grecia, no al ingreso de Turquía y salida de Alemania; 3) freno a la inmigración; 4) restricciones al derecho a la práctica de su religión para los musulmanes; 5) no al matrimonio gay, no al aborto en la sanidad pública e incremento de las ayudas a las familias numerosas pero solo alemanas; 6) potenciar las ayudas a la industria del automóvil, que genera empleo y no afecta al cambio climático, no a los subsidios a energías renovables; 7) recuperar el servicio militar obligatorio para los varones a partir de los dieciocho años, retomar las buenas relaciones con Rusia y no participar en operaciones de la otan en las que no esté en riesgo la seguridad nacional, y 8) enseñar en la escuela una historia que resalte los valores del pasado y dejar de sentir culpa por lo hecho por Alemania. Este es el florilegio de principios políticos que inspiran al partido xenófobo alemán que le está quitando el pan del morral a la señora Merkel por la derecha, según leo en un reportajillo de dominical en el que se entrevista a Frauke Petry, la líder de Alternativa para Alemania (AfD). Petry, como Merkel, procede de la Alemania oriental, pero pertenece a una generación posterior, la que accedió al mundo laboral cuando estaban de moda los minijobs, ese invento del socialdemócrata Schroeder que nos pareció genial cuando solo era el preámbulo de la liliputización laboral que vino después. Hoy, en España, todos los nuevos empleos son minis, casi de dimensión molecular, tanto que, a pesar de su aumento en la atmósfera, no es posible comprobar sus efectos en las rentas, ni en las pensiones, ni en el consumo. Sabemos poco de muchos asuntos que nos conciernen; uno de ellos, el peso y el sentido de los países del este europeo que se han adherido a la unión en la última ampliación. En todos ellos se advierten corrientes de opinión dominantes que desembocan en el mismo estuario: el nacionalismo. Dos rasgos identifican estas corrientes. Primero, estos países experimentaron una suerte de globalización -pues no otra cosa era el internacionalismo soviético- como una viva opresión, lo que les lleva a desconfiar tanto de los espacios económicos como de las instituciones políticas de dimensiones supranacionales; la experiencia histórica, cosida con bramante de ideología tradicional, les dice que esta clase de proyectos se levantan contra los sentimientos y vivencias más íntimas del verdadero pueblo. El segundo rasgo es que estas sociedades dieron un salto vertiginoso desde el pleno empleo y la sociedad jerarquizada a una desconcertante libertad que nos les era retribuida en forma de empleo, seguridad y bienestar. Si en occidente la globalización y sus agentes han reventado el contrato social del estado del bienestar, en el este, simplemente, han defraudado las expectativas de la libertad. ¿Qué había en Europa antes de este experimento neoliberal que ahora parece fallido? Nacionalismo, empleo industrial duro, xenofobia, antisemitismo y estados militarizados. Los huevos de la serpiente se conservan en los viejos nidos europeos, listos para eclosionar cuando se dé la ocasión. Lo curioso es que la primera eclosión se ha producido en el Reino Unido ¿quién iba a decirlo?
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Para chapuceros los británicos con su Brexit. Ayer se reunieron con Theresa May los primeros ministros de las «nacionalidades» de Irlanda del Norte, Gales y Escocia para tratar del asunto, que los tiene en ascuas. Al acabar la reunión, la primera ministra de Escocia, a quien los ingleses acusan de socavar la posición del gobierno en las negociaciones con la UE, declaró, tras decir que había salido sin saber nada más de lo que ya sabía, que no podía echar por tierra algo que no existe: «I can´t undermine something that doesn´t exist». Y, según Jeremy Corbyn, «el resto del mundo mira y concluye: «Gran Bretaña no tiene ni idea. La verdad es que esto no es un Brexit suave ni un Brexit duro. Sencillamente, es un Brexit caótico».