La expresión ya lo dije es una acreditada señal de mala educación. Ya dije que ese jarrón se iba a caer, cuando el jarrón yace hecho añicos en el suelo, delata a un cenizo, sabiohondillo y por último impotente individuo. Pues bien, yo ya dije que tendríamos un gobierno de derecha con la abstención del pesoe. Los viejos podemos permitirnos el lujo de ser impertinentes, para el caso que nos hacen. Lo dije el día de las últimas elecciones, 26 de junio, antes de acercarme al colegio electoral para cumplir con el voto, y dejé el testimonio escrito en esta bitácora. La autocita, otra ordinariez, pero a lo que íbamos: de aquel pronóstico permanece un apunte certero y un deseo –los viejos también tenemos deseos- que manifiestamente no iba a cumplirse. El acierto fue/es la atribución al Brexit -del que nadie habla ya pero que había ocurrido dos días antes- del sesgo conservador del resultado electoral. La madrastra Europa gravita sobre nuestras decisiones, aunque finjamos no verla. Aún hay por alguna parte un millón y pico de votos perdidos por la coalición unidos podemos en aquella circunstancia que nadie sabe a dónde fueron a parar pero que, sea por miedo o por cautela, no llegaron a su destino. La abstención socialista para que la derecha formase gobierno, que era obvia aun antes de abrir las urnas en junio, tendría que ser al precio de la liquidación de Sánchez, como así ha sido. De hecho, uno de los objetivos de la mayoría socialista salida del comitefederal de ayer es impedir que Sánchez, convertido ahora en críptico tuitero, vuelva a levantar la cabeza. El deseo manifiestamente incumplido de la entrada del 26 de junio en este blog era la alocada hipótesis de que el acuerdo de gobierno podría ser también al precio de la cabeza de Rajoy, que aún conserva sobre los hombros. Hasta aquí el pronóstico y los hechos. La cuestión es: ¿cómo es posible que lo que era obvio para un invisible jubilado de una provincia del extrarradio haya tardado cuatro meses en hacerse evidente en la capital del reino? ¿A qué ha estado jugando la clase política en estas interminablemente tediosas semanas en las que, por lo demás, no han dejado de cobrar sueldos y dietas y de ocupar nuestra atención con toda clase de triquiñuelas y declaraciones fraudulentas? Apenas conocido el satisfactorio resultado del comitefederal de ayer, un comentarista político de los de ricitos engominados en la nuca anunciaba golosamente en la tele que la misión de Rajoy es ahora restaurar ¡el consenso de 1978! Los ricitos del comentarista me distrajeron y tardé en comprender que tenía razón. Después de casi una década de devastación del aparato productivo del país, con el empleo por los suelos, un tercio de la población condenada a la pobreza y toda esperanza pisoteada, el mismo gobierno que está enfangado hasta las cejas en la corrupción tiene que dirigir la restauración del consenso de hace cuarenta años, lo que quiera que signifique eso. Volvemos a la casilla de salida. ¡Y aún hay quien quiere demoler cuelgamuros!
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