Entre las hebras, no sé si de realidad o de fantasía, que me sirven para tejer los petachos de esta bitácora, encuentro en el cajón de la costura una en la que puede leerse: ser príncipe me ayuda a mejorar el bienestar común. Es el titular de una entrevista periodística de días atrás a Carlos Javier de Borbón-Parma, que da noticia de que el personaje había llegado a Barcelona para presentar a su hijo recién nacido, heredero de la causa, al pueblo carlista (sic). Barcelona es un polo turístico donde hay gentes de todas clases así que no hay que dudar de que también habrá pueblo carlista, pero si quiere encontrar algún vestigio arqueológico de esa entelequia tendría que venir, como debe saber bien, a esta remota provincia subpirenaica desde la que escribo. Aún me encuentro y saludo por la calle a algún viejo que sirvió con desencantada lealtad al padre de este caballero holandés llegado a Barcelona al que en las postrimerías del franquismo sus partidarios trataban de alteza y tenían por la gran esperanza blanca para el país. El partido carlista tardó en ser legalizado en la transición porque los que repartían carnés de demócrata en Madrid no querían tener un lío dinástico, aunque fuera de mentirijillas, que estorbara la entronización del otro borbón, como había ocurrido en el aciago siglo diecinueve, pero lo cierto es que el carlismo venía arrastrando un irreparable declive desde que acabó la única guerra civil que ha ganado de las varias que emprendió. El carlismo fue básicamente un movimiento colérico, además de reaccionario. Franco encasquetó por decreto la boina roja a su guardia pretoriana y colmó de prebendas a los caudillos carlistas que le habían servido, si bien no al pretendiente y a su familia, y ahí acabó el carlismo como movimiento político. El final sociológico llegó un poco más tarde, en los años sesenta, cuando la industrialización del país transformó en obreros fabriles a las bases campesinas que constituían los músculos del partido. Esta mutación social dio lugar a que los militantes carlistas desencantados de las expectativas de su partido se pasaran a las numerosas otras siglas que eclosionaron en la transición, a derecha e izquierda porque, en el desguace ideológico del movimiento, había carlistas para todos los gustos. El carlismo dio, incluso, carácter a un fenómeno político nuevo que conservó la cólera prístina pero cambió de retórica y que vino a conocerse como izquierda abertzale. La fecha oficial de defunción del carlismo histórico fue el nueve de mayo de mil novecientos setenta y seis y el funeral, sangriento, tuvo lugar en Montejurra, la montaña que se eleva sobre la ciudad que fue capital y corte carlista en la tercera guerra civil que lleva ese nombre y donde a la sazón tenía lugar anualmente una celebración religiosa y un acto político. Aquel día y en aquel lugar, el entonces llamado bunker franquista secundado por pistoleros italianos y argentinos de extrema derecha y fuerzas de seguridad del estado decidieron parar los pies a la democracia pistola en mano y provocaron la muerte de dos militantes carlistas y numerosos otros heridos. El subtexto de este suceso nos dice también que las dos partes enfrentadas estaban, si no lideradas al menos sí representadas, por dos hermanos de la familia real carlista, Carlos Hugo y Sixto, padre y tío respectivamente del caballero que ha venido a Barcelona a presentar a su vástago a algún cónclave de momias. En la entrevista se muestra como un burgués de excelente crianza, al que la responsabilidad de la sangre azul le obliga a cuidar el invernadero de los delirios familiares. El periodista se derrama en la enunciación de sus méritos y cualidades académicas y cívicas, y concluye de su coleto que hay quien me apunta que sus lúcidas aportaciones le invisten como candidato a ocupar algún día la presidencia de Europa. Esperemos que, llegada la ocasión, no traiga a la ya atribulada Europa los quebraderos de cabeza que sus ancestros trajeron a este país.
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