Sabemos poco del mundo islámico. La polémica estival y meramente anecdótica del burkini da noticia de nuestra tendencia a la caricatura como modo de despreciar cuanto ignoramos, para decirlo en recuerdo al maestro Machado. Pero lo cierto es que, no solo la mayoría de nosotros sino la mayor parte de los opinantes, ya sean profesionales o aficionados, como quien esto escribe, no sabríamos decir lo que distingue a un creyente suní de un chií y qué significa en lo político esta diferencia, a pesar de que, hasta donde podemos observar, se trata de una fractura religiosa determinante para explicar los hirvientes conflictos de la zona. Esta ignorancia es equivalente a la que podría imputarse a un observador de Europa que no distinguiera entre protestantes y católicos, cuando la diferencia entre ambos marca la divisoria entre países a un lado y a otro de la crisis económica que padece la presunta unión europea. La religión, entendida como cultura y estructura social, y no solo como culto, aún ofrece una explicación holística en un mundo en el que laicismo es un pipiolo recién llegado. Por lo que leemos, el rechazo recíproco de chiíes y suníes ya se ha elevado hasta el nivel de conflicto entre las dos potencias regionales. Irán y Arabia Saudí, que representan conspicuamente esta fractura. El gobierno iraní ha pedido una actitud beligerante contra el wahabismo, la doctrina islámica oficial del reino saudí, que está en el sustrato del terrorismo yihadista y que este país exporta a comunidades islámicas en países que no lo son mediante una generosa financiación para erigir mezquitas y retribuir a predicadores. Y aquí llegamos al punto en el que nuestra ignorancia se convierte en nuestro enemigo. Mientras el adversario político de occidente se ha focalizado durante décadas en Irán, considerado en los paranoicos tiempos de Bush júnior, Blair y Aznar como parte del inventado eje del mal (aún fue utilizado por nuestra derecha para atacar electoralmente a podemos), el reino de los Saúd se situaba entre nuestros socios comerciales y políticos preferidos para los buenos negocios, desde la exportación de armas e infraestructuras a la provisión de fondos a comisionistas reales. La fractura entre Irán y Arabia Saudí da pistas también sobre la relativa opacidad de Israel -la primera potencia militar de la región- en los conflictos de la zona, donde se ha esforzado por mostrar un perfil bajo que, sin embargo, no oculta su acercamiento a Arabia Saudí. Un juego de diplomacia y de guerra en la que solo hay un perdedor seguro: los palestinos. Definitivamente, sabemos poco del islam, ni siquiera sabemos a quién pedirle cuentas cuando un chiflado fanático revienta con una bomba un tren o la terraza de una cafetería.
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