Cuatro polis macizos y bien pertrechados rodean a una mujer tumbada en la arena de la plaza de Niza como cualquier turista entre otros centenares de turistas. La mujer va ataviada con  lo que parece un traje de buceo negro sobre el que lleva una blusa ligera color turquesa y  se cubre la cabeza con un turbante del mismo tono. La escena hubiera sido banal, e incluso indescifrable, si no fuera porque las prendas que viste la mujer conforman a los ojos de los vigilantes el llamado burkini –vete a saber si lo llaman así sus usuarias-  y van a imponer a la mujer una multa de 38 euros por estar así cubierta, de acuerdo con la ley francesa que considera este atavío como un ataque al laicismo del estado. Hace setenta años, en España, los mismos polis la hubieran multado de no vestir de esta recatada guisa. Quién iba a decirlo, el engorroso burkini, doblemente engorroso, en un sentido sartorio y semántico, como prenda y como representación, se ha convertido en el emblema del atropellado debate sobre feminismos, laicismos y terrorismos que nos ha calentado las meninges de agosto. Una cosa es segura en este caso. La mujer de la playa de Niza ha sido humillada (como cuando el guripa municipal o el párroco del pueblo vejaban a nuestras amigas y novias por un bañador demasiado escueto o un escote demasiado atrevido) y, si en ese momento la mujer disfrutaba de un rato de descanso, como los turistas que la rodeaban, ya puede despedirse del disfrute porque su marido o su padre no la dejarán volver con un bañador de hechuras más menguadas ni querrán pagar por segunda vez la multa. No es probable que a los varones que imponen esta indumentaria femenina, y que pueden ponerse el calzón de baño que les plazca,  les parezca mal que la mujer haya sido multada. En nombre de la religión o del laicismo, la víctima es ella, su cuerpo y su deseo, aunque sea un deseo tan modesto como descansar en la arena y dejarse acariciar por el sol y la brisa del mar, como todo el mundo en vacaciones. Una mujer cubierta de pies a cabeza en una playa en verano no es una provocación para los demás bañistas sino al revés, son estos los que le están diciendo a la mujer que dentro de sus ropones vive en un mundo más pobre, más estrecho y más precario que el de ellos. ¿Y creen que la mujer no lo sabe?, ¿alguien cree de verdad que las mujeres se sienten a gusto dentro de los sacos en que les obligan a embutirse quienes dirigen la sociedad o la tribu en la que viven?, ¿cuánto tiempo tardaron las monjas españolas en librarse de la toca y los hábitos en cuanto tuvieron oportunidad?, ¿y cuánto las mujeres en sacudirse la peineta y la mantilla excepto para hacer bulto en las procesiones, y de paso atacar el laicismo del estado, como hizo Cospedal? Los escándalos los impulsa la hipocresía y la que subyace en este asunto radica en que el mismo estado que multa a la mujer por cubrirse en la playa hace negocios con los poderes que la obligan a cubrirse. ¿Qué tal si los jugosos contratos de venta de armas a Arabia Saudí contuvieran una cláusula que obligase a los jerifes del Golfo a invertir sus cuantiosos excedentes en educación científica en el mundo islámico en vez de financiar mezquitas y clérigos en Europa? La mujer multada en Niza sin duda lo agradecería y seguro que los polis que la han multado, también.

P.S. Hay muy poca opinión fundada en nuestro entorno mediático sobre el mundo islámico, consecuencia de la nula importancia que hemos dado históricamente a nuestros vecinos del sur y causa de la sorpresa que ha significado su emergencia en la agenda internacional desde hace veinte años. Gran parte de las opiniones que se oyen y se leen, incluso entre dirigentes políticos, están dictadas por la ignorancia, la precipitación y la demagogia. Para remediarlo en lo posible, me atrevo a recomendar el blog De Algeciras a Estambul que firma Ilya Topper, del que he tenido noticia por Fermín Bear.

P.S.2. Cuarenta y ocho después de publicar esta entrada, la justicia francesa ha suspendido la prohibición de uso del llamado burkini.