De la condena a la concejala madrileña por la ya lejana en el tiempo performance de su época de estudiante en la capilla de la Complutense llama menos la atención la condena misma que la causa punible considerada por el tribunal. Resulta que se la ha condenado por ofensas a los sentimientos religiosos, que era el argumento esgrimido por las acusaciones particulares, las cuales apenas ocultaban el carácter político de su personación en el juicio. Podría entenderse que hubiera sido condenada por algún delito relacionado con desórdenes públicos o contra la recta urbanidad, del tipo de quien sopla una corneta en una biblioteca pública o se baja los pantalones en una galería del museo del Prado, actos ambos fastidiosos e incívicos, pero que, desde luego, no ofenden a la inteligencia lectora, el primero, ni a los sentimientos estéticos, el segundo; como mucho, los distraen durante el breve lapso que dura la perturbación ambiental que el acto provoca. Pero los acusadores han querido, y el tribunal les ha dado la razón, situar la sensibilidad religiosa en un escalón superior, especial, y especialmente protegible, del conjunto de sensibilidades que habitan en el ser humano, superior, por ejemplo, a la sensibilidad auditiva, esta sí, perfectamente medible y que, en mi caso, martiriza sin compasión la campana de la parroquia de San Miguel de mi calle (ahora mismo lo está haciendo), empeñada en darme brutal y continua noticia de todas las quisicosas y ocurrencias del calendario litúrgico. Lo que la concejala madrileña y sus compañeros pretendían con su momentánea acción era, justamente, hacer ver el carácter invasivo que los llamados sentimientos religiosos tienen en nuestra sociedad, o, dicho en particular, proteger mis tímpanos, y lo que la sentencia consagra es el derecho de esos sentimientos a ser invasivos. Es decir, consagra un privilegio. Hay algo más inquietante aún en la lógica de esta sentencia porque podría extenderse hasta la legitimación de los asesinatos de los dibujantes de Charlie Hebdo en París, pues ¿alguien duda de que los humoristas ofendían con sus viñetas los sentimientos religiosos de millones de personas? Por lo demás, el juicio a la concejala no oculta su decidida intencionalidad política, un rasgo también característico de los sentimientos religiosos, ¿para qué sirve la religión si no le puedo dar un buen cristazo con ella a mi adversario político? La acción en la capilla de la Complutense fue un acto colectivo, grabado en vídeo, y en el que la acusada no parece que tuviera un protagonismo especial. Sin embargo, solo dos personas fueron encausadas y solo la concejala ha resultado condenada. Chúpate esa, Manuela Carmena. Desde los trajes de los reyes magos hasta la acción de la Complutense, el rojerío rampante estimula las (provechosas) pesadillas históricas de nuestra derecha.
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Hoy, el periódico El País, que habla en su suplemento “Babelia” sobre ciencia y religión, arremete, aunque solapadamente, contra la libertad de expresión en asuntos religiosos arreando una coz a Rita Maestre. Vamos a ser bien pensados y entender que, en realidad, no lo hace por atacar esa libertad sino a una persona relevante de Podemos. Aunque también puntualiza que “se puede protestar sin ofender los sentimientos religiosos de los creyentes”. ¿Seguro? Por otra parte, ¿qué ocurre con los sentimientos a secas, meramente humanos, de los no creyentes cuando los hombres de fe nos condenan al fuego eterno en la otra vida? El fuego eterno, ¡qué nadería! El horror es que una mujer se quite la camisa en público. La calidad invasiva de la liturgia católica a la que alude Manuelbear se manifiesta, incluso, en las obras públicas de nuestro común pueblo, donde un ayuntamiento de izquierda descuida las calles del casco antiguo hasta estas fechas, cuando pone todo patas arriba y las arregla apresuradamente para que la Virgen Dolorosa realice cómodamente su tradicional “Traslado”.
Hola, Machena, leo también el embarazado editorial de El País de hoy sobre este asunto, titulado equivocamente «Espectáculo Maestre», cuando es obvio que quien ha dado el espectáculo no es la concejala sino quienes la han llevado al banquillo. El autor del editorial, imagino que de pedigree laicista, pugna con los argumentos para hacer compatible su rechazo frontal a lo que políticamente representa la concejala y la necesidad de no confundirse con la derecha clerical, convertida en este caso en el ariete contra el adversario común.
No habéis reparado en el parecido físico y tono de Tamara Falcó Presley con el de Rita Maestre, pijasss, pijass.
La realidad tiene tantas facetas que no hay modo de fijarse en todas. Además, Machena y quien esto escribe debemos pertenecer a la categoría de los «introspectivos», vale decir, despistados para según qué cosas. Pero tienes razón, el parecido entre los dos personajes es notable. Gracias.