Mientras escribo este comentario, asisto en línea al juicio oral contra la concejala madrileña Rita Maestre por la acción que ella y otros estudiantes llevaron a cabo hace cinco años en la capilla de la universidad complutense y en contra de la existencia de un espacio religioso en un campus público. Lo que ocurrió es sabido: una acción teatral o performance en un lugar que no está destinado a ese fin, como es preceptivo en estas acciones, lo que conlleva una temporal retorsión del uso del espacio y una violencia simbólica cuya intensidad es opinable y que los abogados de la acusación aspiran a convertir en delito punible. Los viejos tenemos dificultades de concentración y el desfile de los testimonios en el juicio me lleva a Rashomon, la película de Akira Kurosawa en la que describía un crimen a través de los testimonios contradictorios y parciales de los interesados en el hecho. El efecto del juicio es muy parecido al de la película. Los testimonios ofrecen una multiplicidad de detalles muy vívidos algunos, otros claramente impostados, y muchos más irrelevantes, que envuelven un acontecimiento que solo es un mosaico de interpretaciones. ¿Qué queda después de una función teatral? Respuesta: el impacto que deja en los espectadores, inasible en este caso por dos razones, porque los espectadores directos se pueden contar con los dedos de la mano y porque ha pasado mucho tiempo para recrear un hecho que duró unos pocos minutos pero luego fue largamente contado por unos y otros. Y aún hay otra diferencia entre el juicio y la película: en esta se relataba el asesinato de un hombre, pero aquí se juzga una ofensa a la sensibilidad religiosa, que no es un hecho sino un concepto. El desfile de testimonios continúa y la atención me traiciona de nuevo. La memoria me entrega ahora un hecho que agitó brevísimamente la quietud social de unas pocas personas en mi pueblo en algún momento de hace, digamos, más de cincuenta años. Un chaval, compañero de colegio, un balarrasa, como se les llamaba entonces, se asomó a la puerta de la parroquia de su barrio, San Agustín, durante la misa y gritó, “Viva Rusia”, y salió pitando. No sé que si aquella performance tuvo algún efecto disciplinario para el autor y tampoco he sabido nada de su vida posterior. Era hijo de una conocida familia de fabricantes de dulces que tenía la fábrica en una bajera de la misma calle de la parroquia. Que estas líneas sirvan de homenaje a su gesto, del que se habló bastante en su momento, en voz baja y sin Internet, como se hablaba entonces, y que ha dejado en quien esto escribe una perenne sonrisa de agradecimiento cada vez que lo recuerdo. Una sonrisa que se empeñan en borrar los abogados acusadores del juicio de Madrid, dedicados a homologar un teatrillo con un crimen. Rediós, cuánta hipocresía.
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