La mascarilla negra de tela es ya la prenda emblemática del año de la peste. Empieza a verse en la calle pero en el acto de esta mañana era uniforme. El negro es señal de sobriedad y respeto, reconocible por vivos y muertos, y la tela indica permanencia, estabilidad. La mascarilla de usar y tirar, tejido poroso y azul desvaído, se ve como de uso menestral, de gente que lleva la situación con fastidio y quisiera tener esperanza, sin conseguirlo.
Salud pública
En tiempos de tribulación, no hacer mudanza, o algo así, que dijo aquel, y con esta consigna y la cara embozada tras el tapabocas han votado gallegos y vascos. Un voto cauteloso, previsible, moderado, como nos gusta decir, que premia a los de casa. La pandemia ha confinado los cuerpos, las opiniones y los votos.
El revés de la trama
Al final, Scobie, aplastado por una crisis de conciencia que le lleva a creer que está condenado al infierno sin remedio, se suicida. El septuagenario se pregunta cuántos monárquicos de convicción o de oportunidad no estarán deseando en este momento el mismo final para la película en la que somos figurantes.
Días muy raros
En la calle no queda ninguna huella del carácter festivo de estas fechas. Algunos jóvenes, muy pocos, visten la indumentaria tradicional en blanco y rojo y parecen vestigios insomnes de la pesadillesca uniformidad de otros años. Los ‘sanfermines’ volverán, sin duda, porque lo contrario sería una aciaga señal, pero entretanto disfrutemos de estos raros días de asueto.
La vergüenza
El país está aprisionado en el dilema entre dos términos incompatibles: monarquía o verdad y justicia. Estas últimas son exigidas para que el viejo rey responda por sus desmanes financieros pero, muy probablemente, el coste acarrearía el fin de la monarquía, así que seguiremos como hasta ahora, pasteleando con los argumentos y los procedimientos.