La torrentera del discurso político nacional está trufada de cantos rodados que van dando tumbos con la pretensión de explicar el sentido de la corriente pero que a la postre no muestran más que su propia naturaleza de cuerpos opacos, romos y pesados. Son sintagmas y modismos con la pretensión de establecer un principio sólido en una situación básicamente líquida, cuando no gaseosa. He aquí algunas de estas piedras filosofales: líneas rojas, nueva normalidad, democracia plena, gobierno bolivariano, etcétera. Uno de los más conspicuos pedruscos que pueden encontrarse en este yacimiento sedimentario es tercera españa, que intenta distinguir una cepa celtibérica que no es ni roja ni azul.

La tercera españa ha estado en hablillas en días pasados con ocasión de la publicación de las obras completas de Manuel Chaves Nogales, un eminente periodista, perteneciente a una irrepetible generación –Camba, Pla, Gaziel, Carabias y algunos más-, al que la pereza intelectual de nuestras élites ha entronizado como santo patrón de la tercera españa. La anécdota que le ha elevado al santoral es conocida: periodista ejerciente en Madrid durante los primeros meses de la guerra civil, huyó del país asqueado y aterrorizado por la violencia que se había apoderado de los dos bandos en liza, y sin duda temiendo ser víctima de una o de otra. Fue la versión hispánica del escudo de Arquíloco.

La tercera españa es el logotipo con que se presentó en sociedad el partido de los ciudadanos naranjas al mando de don Rivera, pero la noción encuentra sus raíces en la noche de la dictadura. Quien esto escribe cursaba segundo de bachiller cuando recibió de don Andrés Romero, a la sazón profesor de formación-del-espíritu-nacional, la primera explicación del misterio de la tercera españa. El cátedro había trazado un tríptico en la pizarra con los términos, dios, patria, justicia, y resolvía la cábala diciendo que las derechas defendían los dos primeros lemas pero descuidaban el tercero, mientras que las izquierdas aspiraban al tercero y negaban el primero y el segundo, y tuvo que ser Franco el que armonizara los tres principios. Que este cantar de ciego fuera casi medio siglo después el eslogan de un muchacho sobrado de autoestima que compareció en pelota ante los electores es una de esas maravillosas banalidades que te depara la vida si es lo bastante larga. Para lo que diremos luego, interesa saber que aquel don Romero de nuestro remoto bachillerato fue al poco expulsado del colegio donde impartía doctrina porque se metió en el bolsillo la caja de una excursión escolar al Camino de Santiago.

El sonajero de la tercera españa ha vuelto a cascabelear en estos días pasados a raíz del golpe de timón dado por doña Arrimadas -capitana ahora del destartalado buque fletado por su adánico predecesor- para acercarse al pesoe con la nonata moción de censura de Murcia. El cantor de la hazaña en un artículo de prensa es don Toni Roldán, vástago de genealogía impecable de las élites gobernantes, siempre preocupados por nuestro destino colectivo. Don Toni perora: ¿Recuerdan lo de ni rojos ni azules? La tercera España existe política y demoscópicamente. Son muchos los españoles que se sienten huérfanos políticamente, que no se sienten representados por este Gobierno, pero que tampoco quieren ver a Vox ni en pintura. Etcétera. Y mientras recitaba con su lira esta loa al enésimo viaje al centro de los tercerespañistas, la operación de Murcia se iba al carajo por la corrupción congénita de nuestra clase política. Aquel don Romero de nuestra adolescencia y estos diputados naranjas de la asamblea murciana se encontrarán en el mismo círculo del infierno que, adivinen cómo se llama. Exacto: la tercera españa.