Una untuosa crónica de prensa informa que el personaje al que llamamos el otro día en esta bitácora un tal Toni Roldán, desertor de los ciudadanos naranjos, es hijo del economista  Santiago Roldán. A los que no han alcanzado los sesenta, este dato no les dirá nada. Quien esto escribe pasó los primeros años de la gloriosa transición como dependiente de comercio en la librería Lecto de Madrid, especializada en literatura económica y por aquel establecimiento circulaban las figuras del futuro nuevo régimen que ya empezaba a constituirse: académicos que traían en el bolsillo la promesa de un cargo institucional apenas enterraran a Franco. Santiago Roldán era uno de los gurús de las reformas económicas que se avecinaban, autor de numerosos libros y papers sobre la situación de la economía española y, como otros colegas del parnaso de la época, pasó por la librería una o dos veces. Eran ocasiones de una cierta excitación servil por parte del encargado del establecimiento, compartida por el personal subalterno.  Don José Luis Sampedro, cuando solo era un maestro de economistas y no un autor de novelas de mucho éxito ni un moralista civil, hojeaba furtivamente una edición de la biografía de San Juan de Cruz, escrita por Gerald Brenan; se veía que le gustaba el libro pero no tanto el precio y no sabía cómo resolver el dilema, así que este dependiente le regaló el ejemplar porque, como escribe Elías Canetti en alguna parte, la mayor dicha del débil es hacer feliz al fuerte.

El padre de Toni, don Roldán sénior, era hijo de un militar franquista (perdón por la redundancia) y, como no pocos vástagos de las élites de su generación, fue comunista primero y socialista después. Cuenta la mencionada crónica que don Roldán sénior redactó el programa económico del primer gobierno de Felipe González, de una radicalidad tal que haría palidecer a podemos, enfatiza el cronista. En efecto, si aguzamos la memoria, los más viejos del lugar podemos recordar la fracción de segundo, como un relámpago en la noche, en que el pesoe fungió de radical. Aquel programa económico fue directo a la papelera apenas nuestro paisano don Carlos Solchaga tuvo a su cargo la cartera de Hacienda. Nunca como entonces tantos comunistas y socialistas han servido con tanta lealtad y eficacia al capitalismo. Por entonces, continúa la crónica periodística, la infancia del pequeño Toni se veía agasajada por la burbujeante presencia de los amigos de sus padres, la lampedusiana aristocracia roja de la transición. Buena educación, buenos contactos y a elegir el lugar en el mundo.  Ni comunista, ni socialista, opciones completamente pasadas de moda, el joven Toni se decidió liberal y se sumó a ciudadanos; como otro Toni, este Comín de apellido, hijo del carlista-cristiano-marxista Alfonso Carlos, editor del libro de Brenan que un empleadillo de librería regaló a don Sampredro, optó por el independentismo de don Puigdemont.

El Toni neoindependentista anda ahora por las capitales de Europa, Bruselas y todo eso, a la espera de recuperar su lugar en la espuma patria; el Toni exciudadano anuncia que viajará por Europa, Londres y todo eso, a la espera de otra oportunidad, que llegará sin duda porque, como dice él mismo, el mundo da muchas vueltas. Mis hijos serán gobernados por estos tonis como yo fui gobernado por sus padres y mi padre lo fue por sus abuelos. El vejete aquejado de estos pensamientos está plantado bajo la exigua marquesina esperando al autobús. El termómetro urbano marca treinta y ocho grados. Todo está atado y bien atado y la momia de Cuelgamuros en su sitial de honor. El autobús no llega…