Su piel es de un delicado color caoba, una sonrisa acogedora adorna su cara aniñada y en algún tiempo la conocieron por el nombre de princesa de Angola, pero es una depredadora elevada al obsceno rango de la mujer más rica de África. Estos días recibe más atención mediática que todo el continente, de 30 millones de kilómetros cuadrados y mil millones de habitantes. África es un espacio inaprehensible, brumoso, sin perfiles definidos, mientras Isabel dos Santos es la imagen reconocible del mundo en el que vivimos.
El imperio portugués fue el último en desaparecer de la historia, hace cuarenta y cinco años. Era una entidad política colosal en extensión geográfica, población y riquezas naturales, y desmesurada en relación con la depauperada y diminuta metrópoli. Al liberarse de sus colonias, Portugal se liberó de la dictadura que lo gobernaba desde principio del siglo XX. La llamada revolución de los claveles trajo la democracia al país, que se replegó en su espacio geográfico natural, Europa occidental, y adoptó sus formas de gobierno. Este repliegue europeísta de Portugal (que también se produjo en España) le llevó naturalmente a desentenderse de sus antiguas posesiones africanas –Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Cabo Verde-, que se construyeron como estados en medio de interminables guerras civiles durante los últimos años de la guerra fría. En Angola ocupó el poder un movimiento populista de izquierdas liderado por Eduardo dos Santos y a su régimen le faltó tiempo para convertirse en una dictadura unipersonal.
Los países descolonizados se enfrentaban a una doble necesidad que era inmune a las etiquetas ideológicas. De una parte, necesitaban inversiones y equipamientos externos para explotar las riquezas del país, optimizar su economía y mejorar los niveles de vida de sus habitantes; de otra, necesitaban crear élites propias para cumplir la promesa emancipadora de situar al país en el concierto internacional en plano de igualdad con los que habían sido sus colonizadores. La satisfacción a esta doble necesidad abrió dos vías de saqueo. Los países descolonizados fueron víctimas de las condiciones impuestas por inversores y empresas extranjeras que habían encontrado la fórmula para continuar la explotación de las riquezas del territorio mediante trato directo con las nuevas élites y en consecuencia sin los costes que tenía el aparato administrativo colonial. De otra parte, las nuevas élites nacionales cerraron filas para resguardar sus privilegios en estructuras políticas jerarquizadas y autoritarias, devenidas cleptocracias. Al desplome del sistema soviético, a principios de los noventa, estos regímenes mutaron de socialista a ultraliberal sin aflojar ni una clavija de la estructura política. El destilado de esta mutación es Isabel dos Santos, hija de un líder de la descolonización y de una rusa de cuando la urss.
En el escenario global, las antiguas metrópolis coloniales se benefician del botín que las élites de sus antiguas posesiones invierten en el sistema financiero global. Así que norte y sur siguen encadenados por lazos de explotación, desigualdad y extrañeza recíproca, como ocurriera en los años posteriores a la segunda guerra mundial, cuando la descolonización ocupaba la agenda internacional y traía un mensaje de esperanza (frustrada) en la mejora del género humano.