La muerte cercana arranca a los que quedamos aquí un fragmento de nuestra propia vida. En ocasiones, hay una cierta previsibilidad sobre el final que acaso ayude a sobrellevar el impacto de la ausencia; en otras, la noticia llega como un latigazo. Es lo que he sentido al saber que Alicia Gómez Montano ya no está entre nosotros. Alicia empezó su carrera en el centro territorial de rtve de esta remota provincia subpirenaica, a principios de los ochenta. Trabajábamos en medios distintos pero era una colega de la que siempre admiré lo que me parecía una envidiable mezcla de fuerza y empatía de carácter. Tenía inteligencia, humor, era rigurosa y avezada en el trabajo, y cordial y cálida en el trato. En aquella época formamos, imagino que bajo su inspiración, un pequeño sanedrín de periodistas de varios medios dedicado a despellejar el mundo, aquel pequeño mundo, en unas periódicas cenas privadas. Luego, Alicia se trasladó a Madrid donde hizo una reconocida carrera profesional cuyo último hito fue ser la primera por méritos entre un centenar de candidatos para dirigir el ente de radiotelevisión española. En la provincia dejó amistades a las que visitaba en ocasiones y gente que la recuerda con afecto. En los primeros tiempos de su estancia en Madrid mantuvimos algún contacto pero la existencia humana es el jardín de los senderos que se bifurcan y hacía años que nada sabía de ella que no lo hubiera leído en los periódicos.

La casualidad la trajo al recuerdo hace un par de meses. Lola Cabasés, una amiga común, también periodista, me dijo en un encuentro callejero que Alicia había estado en la ciudad días atrás. Le pedí su teléfono con ánimo de mandarle un saludo y así lo hice, con tan mala fortuna que mi llamada le llegó cuando estaba en una consulta médica. Me disculpé por mi involuntaria inoportunidad a través de whatsapp. En su respuesta, desechó que mi llamada hubiera sido inoportuna, escribió que estaba hospitalizada y que atravesaba una racha muy antipática para terminar su mensaje con su característica calidez: ¿por qué no hemos contactado antes?  Mi respuesta a esta pregunta fue perfectamente idiota: no sé, la vida es muy rara, escribí. De inmediato comprendí que algo importante se escapaba tras la inanidad de estas palabras y le mandé algunos mensajes más en los días siguientes, el último con ocasión de las fiestas navideñas, en los que expresaba el deseo y la esperanza de que podríamos charlar en breve, oír su voz y ella la mía. Leyó los mensajes pero no hubo respuesta. El silencio se ha llevado a Alicia. Es un pensamiento que duele.