La película Los dos papas del cineasta brasileño Fernando Meirelles recrea las improbables relaciones entre el papa reinante Francisco y su predecesor y ahora emérito Benedicto. El duelo interpretativo de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, dos titanes del oficio, anula cualquier otro juicio que pueda merecer la película, un camelo suntuoso, que no en vano tiene su escenario principal bajo los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina e invita al espectador a admirarse del hecho insólito de ser contemporáneo de un papa doble -¿dos caras de la misma moneda?-sin que medie una guerra religiosa, por ahora. El argumento principal es la dialéctica entre tradición y reforma de la iglesia, si bien hay otro argumento enlazado, para consumo del Cono Sur, que repasa la biografía de Francisco como superior de los jesuitas durante la dictadura militar de Argentina, su país, y en consecuencia su legitimidad para ser el pastor mayor de la iglesia. La clave de la película, muy blandita y complaciente, es el buen rollo. Los dos vejetes se conocen, se tratan al principio con suspicacia y ansiedad, charlan, se cuentas chistes, coleguean y créanlo, terminan viendo juntos en la tele un partido de fútbol entre las selecciones de Argentina y Alemania.
Ninguna ficción cinematográfica puede competir con la fábrica de sueños que es la iglesia católica y su plató principal, la curia vaticana y sus inaccesibles enredos y mangoneos. El filme de Meirelles no explica la renuncia de un papa que deseó el sillón con vehemencia ni la aceptación del otro, que hizo alarde de rechazarlo. El espiritusanto no figura entre los guionistas de la peli. Tampoco queda claro por qué Benedicto es el malo y Francisco el bueno, y desde luego acaba la historia sin que lleguemos a discernir qué es la tradición y qué las reformas en la iglesia; los mismos antagonistas parecen no saberlo, enfrascados en su palique de vejetes. Lo que sí sabemos es que, a pesar de la pátina de buen rollo de esta película propagandística, Benedicto y Francisco siguen siendo antagonistas y sus diferencias han saltado a la luz por do más pecado había: por la inevitable entrepierna.
Benedicto se ha sumado públicamente a los obispos que pretenden impedir que Francisco autorice la ordenación de sacerdotes casados. La medida es muy cautelosa y concierne en su caso a las diócesis de la Amazonía, una región asilvestrada donde cabe inferir que los curas ya han puesto fin a la picazón del celibato por la vía de los hechos, diga lo que diga el papa de Roma. Pero Benedicto, que vive en una biblioteca, ámbito masturbatorio por excelencia, se opone junto a un lobby de obispos y cardenales, criados en la misoginia (y en los frescos de Miguel Ángel) y plenamente conscientes de que la irrupción de mujeres en este selecto club de caballeros que es la clerecía católica pone en riesgo todo el andamiaje. ¡Qué le vamos a hacer! Francisco es el primer papa de la historia obligado a compartir su magisterio con un pepito grillo de su mismo rango y autoridad. ¿Y si ha sido un plan del espiritusanto? Se admiten apuestas sobre lo que hará al respecto el reformador Francisco.