Un cuentecillo de Julio Cortázar describe el efecto de la explosión de una bomba en un gallinero. El genial escritor pone la sintaxis del texto al servicio de la reacción de la volatería superviviente -pasos titubeantes, argumentos espasmódicos, irritación y aturdimiento- de modo que bomba impacta no en un conjunto de animales vivos sino en el lenguaje que los identifica y nos permite reconocerlos. El breve y genial relato de Cortázar se ha hecho presente al contemplar la obscena bronca que rubricó el debate de investidura. Bajo los insultos, berridos cuarteleros, gesticulaciones y salidas de tono, se podían sentir las microondas de la deflagración que ha alborotado el gallinero.
La derecha trifásica ha perdido las elecciones y, por un pelo, va a perder el gobierno, insha’allah, pero lo más importante, aquello que no puede ser mentado, es que han perdido el suelo en el que medraron y sobre el que se sintieron seguros y boyantes: un contexto irrepetible de bonanza económica y de la consiguiente corrupción masiva. Todas las empresas tienen que reconvertirse cuando la economía cambia de ciclo pero, en ocasiones, las medidas de reconversión que adoptan los gerentes no garantizan la supervivencia. En este sentido, la cenicienta gobernación de don Rajoy no fue sino una liquidación encubierta del negocio; cuando agotó sus recursos, los accionistas quedaron divididos en tres grupos, ninguno de los cuales tiene una fórmula convincente para restaurar la empresa. La bronca en el congreso fue una expresión perfectamente orquestada de mala fe, pero sobre todo lo fue de desconcierto.
La izquierda multiplural cohabita en el mismo gallinero bombardeado y hereda las ruinas dejadas por la explosión: desigualdad en el distribución de las rentas, fracaso de un modelo productivo pendiente de renovación, poco dinero en las arcas públicas, desequilibrios territoriales y nacionalismos levantiscos, un escenario internacional muy incierto y una guerra cultural sobre lo que debe ser el país en el siglo XXI, que aún no parece haber empezado. Y todo, sin el paraguas de la unioneuropea, que tiene sus propios problemas a los que también habrá que aportar soluciones. En la sesión de investidura, la izquierda multiplural ha exhibido templanza ante las provocaciones y un espíritu estoico que va a hacerles mucha falta cuando haya que responder a situaciones más duras que una lluvia de ofensivas sandeces provocada por un puñado de hooligans sobreexcitados. Pero además de estoicismo, sería bueno que los multiplurales empezaran a dar muestras de eficacia y sobre todo de perspicacia para evitar los errores. Hasta anteayer mismo, el currículo de los nuevos gerentes y asociados de la empresa no invitaba al optimismo. Ya veremos.