Por causas que no vienen a cuento, este año no hemos podido pasar las vacaciones navideñas en la estación de esquí de Aspen (Colorado), de modo que el perpetrador de estas líneas ha distraído el tiempo entre capón y turrón fajado al último libro del historiador Paul Preston. Es un relato, como se dice ahora, de este país al que llamamos España desde la restauración monárquica en el último tercio del XIX hasta ahora mismo. Los historiadores anglosajones, Preston entre ellos, tienen una muy apreciable cualidad que escasea en sus colegas españoles, aunque hay excepciones: la capacidad para trazar síntesis de largos periodos históricos, soportada en un amplísimo elenco de fuentes documentales y ofrecida a través de un estilo ágil a la vez que preciso, que absorbe la atención del lector, presa en este caso de una mezcla de vértigo y desesperación. El primer capítulo se titula muy propiamente el tópico español y da la pauta de lo que vendrá después.
Resulta, así, que la incorporación de este país a la modernidad está marcada por unas pocas constantes que nos resultan atrozmente familiares: 1) la corrupción endémica y sistemática de gobiernos y élites, monarquía incluida, y la tenaz presencia de personajes inmunes a las consecuencias de sus enjuagues y delitos; 2) la desigualdad social, que muy a menudo presenta rasgos insufribles y convierte la historia española en una interminable lucha de clases; 3) el ensimismamiento de la nación, y de las naciones que contiene, siempre aisladas entre sí y siempre de espaldas a las corrientes principales de Europa, a la vez que dependientes de sus efectos; 4) la concepción del estado como propiedad en las derechas, y 5) la impotencia de la izquierda para hacer valer su programa, siempre titubeante, desunida y en muchas ocasiones cómplice de los males que habría de remediar.
¿Les suena?
Los hechos que cuenta Un pueblo traicionado -el título del libro es un punto demasiado melodramático- son conocidos por cualquier mediano aficionado a la historia, pero es el relato que los teje a lo largo de décadas y que al hacerlo descubre su rocosa matriz lo que hace desasosegante la lectura. Hay en este libro, que salió de imprenta en octubre pasado, un extraño sentido de la oportunidad cuando la arquitectura de la transición -que en la cándida creencia de nuestra generación habría de superar de una vez por todas los males de la patria- da señales de irreversible desgaste y vuelven a las andadas los fantasmas familiares. Las últimas páginas del trabajo de Preston refieren las aventuras de don Urdangarín, el último convicto de corrupción real, que ya está en la calle, sonriente y aclamado, mientras se pone en pie, trabajosamente, el primer gobierno de coalición de izquierda desde hace ochenta años. Que haya suerte.