En recuerdo de Lolita Jaurrieta Baleztena
El programa de estudios de un título profesional que ya no existe – profesor mercantil- y que se daba en la Escuela de Comercio de esta ciudad en los años sesenta incluía la asignatura de alemán. La enseñanza de esta lengua era muy relajada y en la memoria del viejo solo queda intacta una frase apocalíptica extraída de un aufgabe sobre Federico el Grande de Prusia: von den Granaten zerrischen, despedazados por las granadas. Supongo que este recuerdo gratuito ilustra bien el vehemente deseo de que aquella clase terminara de una vez.
La profesora que impartía la asignatura era Lolita Jaurrieta, una dama de familia de ringorrango carlista en la provincia, que había disfrutado de una beca en los años treinta para estudiar en Alemania. A la menor ocasión, el tedio se apoderaba del aula y los más lanzados pedían a doña Lolita que contara alguna historia, por supuesto en castellano, de su estancia en el Reich. ¿Cómo eran los nazis? El rostro de la dama adquiría una expresión entre soñadora y pícara y respondía, muy rubios y guapos, para sumergirse en el recuerdo de aquella ocasión en que viajaba en un tren y dos militares, con la calavera en la gorra de plato, que viajaban en el mismo compartimento, fueron muy amables y solícitos con la joven española a la que amenizaron el trayecto y quién sabe si no estaban cortejándola. Después de este excurso, el retorno al aufgabe resultaba insufrible. Cuéntenos más, doña Lolita, pedíamos los escolares con fervor hormonal.
Este tenaz a la vez que arbitrario recuerdo de juventud se ha hecho presente hoy porque el amigo Iacoppus ha tenido la amabilidad de obsequiar al viejo con un ejemplar de Viajeros en el Tercer Reich, de la historiadora Julia Boyd, en el que se da documentada noticia del despiste y la obsecuencia con que los europeos contemplaban la Alemania nazi en sus viajes de turismo, de negocios o de aprendizaje, como fue el de doña Lolita, embaucados por su vigor industrial, el orden social, el atractivo de su cultura, la belleza del paisaje y, por qué no decirlo, la fascinación que ejercía Hitler. La Alemania hitleriana significó, desde el momento mismo de su instauración, un peligro mortal para las minorías del país y una amenaza para los países de su entorno, pero veinticinco años después del fin de la guerra mundial los estudiantes de profesorado mercantil de esta remota provincia subpirenaica no tenían ni idea de lo que había sido la Alemania nazi, ni tampoco que ellos mismos vivían en un régimen vicario de aquel.
¿Cómo opera la memoria?, ¿cómo se adquiere y se transmite?, ¿qué mecanismos llevan a convertir un conocimiento del pasado en una convicción del presente y en una actitud ante el futuro? Vivimos tiempos de incertidumbre y cambio, al que la sociedad responde con un presentismo asfixiante. Ni las señales del pasado nos iluminan, ni las expectativas de futuro nos alientan. La portada del libro de Julia Boyd se ilustra con una locomotora de la época a toda velocidad. La velocidad se ha incrementado exponencialmente pero no sabemos si la historia nos lleva a la misma estación término.
P.S. Unas semanas atrás, el viejo daba un paseo divagatorio por el cementerio de la ciudad cuando topó con la tumba de Lolita Jaurrieta. La contundencia de la piedra en la que estaba inscrito el nombre de la profesora de alemán para quien los nazis eran muy rubios y guapos le dejó mudo.