Pausa en la trepidación política que nos envuelve, esa verbena de humo, para hacernos preguntas verdaderamente interesantes: ¿Qué ocurre cuando una tormenta de arena procedente del desierto de Mongolia se abate sobre la ciudad de Pekín? Dolores Payás describe el fenómeno atmosférico en una docena de líneas y dedica las trescientas páginas restantes de su hipnótica novela Solo sombras (editorial Navona) a indagar en sus efectos y consecuencias. Un empresario español afincado en la capital china ha desaparecido en un atasco de tráfico y una grieta inquietante se abre en el delicado equilibrio de las relaciones entre los dos países. El espionaje español envía a la psicóloga Gilda Leyva al lugar de los hechos con el extraño encargo de que no investigue nada. La opacidad y el olvido como soporte de la normalidad; algo sabemos de eso. Gilda es una mujer madura, de vida destartalada y marginal a los ambientes en los que trabaja, dotada de una perspicacia sin posibilidad de réplica y merecedora de formar parte del cuadro de honor de los detectives de vitola, no tan abundantes en la literatura negra española. El lector se deja tomar de la mano de este notable personaje y a fe que el viaje vale la pena.

La escritora Dolores Payás tiene una cualidad que este lector aprecia sobremanera: desde las primeras líneas despierta en él una sonrisa que no le abandonará y en el curso de la lectura le obsequia con algunas ocasiones para la carcajada. Es la suya una prosa ligera, ceñida a las exigencias del relato, pero erizada de observaciones de ambiente y empapada de una ironía vivificante. Una suerte de media distancia con la materia del relato desde la que se aprecia mejor la comedia humana. La autora ya demostró las potencialidades de este estilo en su anterior título, Desde una bicicleta china, un libro de viajes de muy gratificante lectura en el que describía a través de una gavilla de situaciones la mezcla de extrañeza y empatía que despierta en la narradora el encuentro con la humanidad y los hábitos de ese país del que todo el mundo habla y que conserva intacta el aura de lugar de fábula. Ahora ha dado un paso más y ha urdido un impecable relato policíaco en este mismo escenario ignoto. De modo que el lector suma a la complacencia el asombro por la pericia técnica en el diseño de este artefacto de género. No es nada fácil tejer una trama detectivesca que funcione con la precisión de un mecanismo de relojería y menos aún que lleve al lector a la revelación de un mundo oculto de plena actualidad histórica.

No se pueden dar más datos sobre la novela sin afectar al misterio que le es propio pero el comentario quedaría incompleto si no se destacara que es una novela impregnada lo que hoy llamaríamos perspectiva de género, protagonizada y habitada por mujeres y en la que los hombres son figuras que merodean alrededor de su universo, al que no tienen acceso y que está oculto tras los vendavales de arena procedentes del desierto de Mongolia. Hay muchas razones para disfrutar de Solo sombras; ojalá que los vaivenes del mercado editorial le sean propicios.