Nunca he estado en China y no creo que un corto y rígido viaje de turismo low cost –el único accesible quizás a mi pecunio- pudiera darme el regocijado conocimiento de aquel país que he encontrado en Desde una bicicleta china de Dolores Payás, un manojo de relatos que cumple colmadamente la función de compañero de vacaciones pues te retiene en la comodidad de la hamaca estival y te arrastra a la vez a circunstancias inimaginables, rincones imprevisibles y situaciones desternillantes ofrecidas con desenvoltura, empatía y un hipnótico sentido de lo que de fabuloso tiene la realidad. Un don para el lector resabiado al que no le resulta fácil encontrar un libro que despierte la sonrisa en las primeras líneas y la retenga hasta el final, doscientas páginas más adelante, con picos de irresistible comicidad. Payás parece demostrar que la literatura de viajes tiene un prometedor futuro si como en este caso consigue ofrecer una fórmula novedosa en la que el autor pone en juego no solo ni principalmente su educada mirada occidental sino sobre todo su capacidad de inmersión en el magma de una realidad insobornablemente ajena en la que la peripecia de la protagonista narradora evoca al entusiasta operario absorbido por el engranaje de la máquina, que representa Charles Chaplin en Tiempos modernos. ¿Y qué hay más moderno en este tiempo que China, a la vez fin y principio del mundo? Despojada de anteojeras y amunicionada de buen ánimo, la protagonista, que no es una viajera sino una residente temporal –una expatriada, dice con humor de sí misma y de los que como ella residen en China por razones profesionales-, se interna en las calles, frecuenta a los vecinos, visita mercadillos, asiste a reuniones sociales, se desplaza a lugares turísticos, se entrega a reflexiones generales y montada en bicicleta se sumerge al azar en el torrente de ciclistas que ruedan por las calles de Beijing en dirección a nadie sabe dónde, y todo eso lo hace sin perder nunca la perspicacia y la ironía de la mirada, que desde luego la incluye a ella misma, y en cada circunstancia el lector obtiene una visión microscópica, brillante y bienhumorada, del choque de civilizaciones. El encanto del libro está en su factura literaria, organizado en capítulos que recrean observaciones de sucesos independientes, sin carácter sistemático, pero cada uno de ellos elaborado con técnica de gran narradora. Dolores Payás es también cineasta y no resulta difícil adivinar en cada uno de estos relatos de chisporroteante plasticidad el esbozo de un guión cinematográfico. En todo caso, el lector ya ha disfrutado de la redacción novelada. Y no hagan caso de este comentario, que no hace justicia al libro. Solo léanlo si no lo han hecho.
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